El padre jesuita Santiago Arzubialde, gran autoridad en el
campo de la Teología espiritual, profesor en la Universidad Comillas, de
Madrid, acaba de publicar justificación y santificación.
El autor del presente ensayo, Justificación y
santificación, es plenamente consciente de las dificultades que, pese a la
mutua buena voluntad, todavía nos separan de la Federación Luterana en el tema
de la justificación. No obstante, opina que, más allá de los puntos concretos
en litigio, es preciso hablar de la experiencia espiritual común que nos une.
La justificación gratuita de parte de Dios en Cristo establece un género de
amistad, de relación con Dios, en la que nadie puede introducir subliminalmente
intención alguna que no sea la pura gratuidad.
El libro me parece de una coherencia y frescura absoluta.
Totalmente recomendable para quienes quieran profundizar más en su fe y para las
personas que puedan estar pasando por alguna prueba en su vida.
La gracia cara es el seguidor tomando su cruz y siguiendo a
Cristo. Es como Abraham cuando fue llamado y dejó su parentela, sus amigos, su
ciudad, sus comodidades y costumbres. Luego se le pide que sacrifique a su
hijo. Dios entre él y su hijo, el hijo de la promesa. Sin embargo obedece. Como
él, la gracia no nos cuesta nada, solo debemos obedecer. No debemos hacer nada.
Solo tomar una decisión después de alcanzar la libertad y perderlo todo, para
recuperarlo a través de nuestra comunión con Cristo. Es experimentar el Sermón
del monte. Es dejarlo todo como aquellos a quienes les dijo: “Sígueme” y
dejaron peces y redes; dejando su propia ley; aceptando no enterrar a sus
muertos ni despedirse de lo más querido.
Es cara porque nos exige imitar la encarnación de Cristo para hacernos visibles en el mundo. Que vean que somos luz que ilumina las tinieblas; que ponemos sal en lo insípido. Que la Palabra, el Verbo, se hace visible en nosotros.
Es cara porque nos exige imitar la encarnación de Cristo para hacernos visibles en el mundo. Que vean que somos luz que ilumina las tinieblas; que ponemos sal en lo insípido. Que la Palabra, el Verbo, se hace visible en nosotros.
Santiago Arzubilde también nos habla de la santidad. La
Palabra dice que nosotros somos GRATO OLOR DE CRISTO para Dios, que tenemos
OLOR DE VIDA para vida (2Cor. 2:15-16), y esto me recuerda las innumerables
veces que el Señor cita estas mismas palabras en el antiguo testamento al
referirse al holocausto encendido que era ofrecido para Él en el altar, lo
llama olor grato, nosotros también somos un sacrificio vivo, santo, agradable a
Dios (Rom.12:1). Me pregunto si Dios también se complace en nuestro olor cuando
se acerca a nosotros cada día, si anhela nuestro perfume cada mañana, como el
olor del incienso que era quemado cada mañana y noche en el tabernáculo (Ex.
30:7-8), dice la palabra que este incienso era como un perfume para Dios, bien
mezclado, puro, santo y sagrado (Ex. 30:34-37).
Dios cuida nuestro olor, incluso en los momentos más
difíciles. Cuando los tres amigos de Daniel fueron echados al horno de fuego no
solo fueron librados sino que Dios cuidó que aún no tuvieran ni la peste a
quemado.
Nuestro olor debe ser el de Cristo y llevando las buenas noticias del evangelio cambiar la peste del pecado por el Olor de su conocimiento.
Nuestro olor debe ser el de Cristo y llevando las buenas noticias del evangelio cambiar la peste del pecado por el Olor de su conocimiento.
Para las personas que puedan estar pasando por alguna
prueba el libro de Santiago Arzubialde también les será de una gran ayuda.
Quien no sintió un escalofrío al leer o
escuchar la oración desgarradora de Jesús en la Cruz: “Padre, porque me has
abandonado”. Posiblemente también existieron momentos en nuestra vida en los
que tuvimos una fuerte identificación con aquellas palabras. A veces cargadas
de reproche, otras de impotencia y, aun de perplejidad.
Muchos personajes Bíblicos vivieron esta
experiencia a la que convenientemente se le denomina “desierto”, aprovechando
una rica imagen bíblica. San Juan de la Cruz avanza aun más la descripción y la
llamo “la noche oscura del alma” a este tiempo de ausencias y distancias
gravosas. ¿Existe una intencionalidad divina en la distancia, en esa sensación
de desamparo? Por momentos, desde el dolor, pensamos en una incomprensible
dosis de crueldad: Dios soltándonos en una especie de “arréglate como puedas” o
desde la vergüenza culposa buscamos respuestas en el proporcionado “castigo”
que nuestra contumacia merece. En el contexto de un oráculo cargado de
esperanza, Dios proclama en el libro de Isaías. “Era como una esposa joven
abandonada y afligida, pero, tu Dios te vuelve a llamar y te dice: “por un
pequeño instante te abandone, pero con bondad inmensa te volveré a unir
conmigo. En un arranque de ira, por un momento, me oculte de ti, pero con amor
eterno te tuve compasión”. (Is 54:6,8).
En el
desierto y en las pruebas maduramos. Nuestra medida real es la que tenemos allí, mientras somos
probados. Jesús apenas era un recién
nacido cuando tuvo que cruzar el desierto con sus padres. Antes de recibir la
aprobación del Padre para recibir su ministerio, lo probaron y tentaron después
de cuarenta días de ayuno en el desierto (Mateo 4:1). Entonces comenzaron a
ocurrir maravillas.
“Pero he
aquí yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón (Oseas
2:14). Allí en la tierra seca se nos conoce (Oseas 13:5). ¡Qué difícil se nos
hace estar quietos, ocultos; pero es allí donde Dios nos habla al corazón!. Si
quieres conocer a Dios; si no quieres ser un mediocre, un parlante que repite
todo lo que oye, que vive de una experiencia prestada, Dios te llevará al
desierto.
Nuestro
padre Abraham salio sin saber a dónde iba, dejó la civilización y caminó a lo
ancho de la tierra; no tuvo lugar fijo: De él vendrá toda una nación, como
también el Mesías, y todas las simientes de la tierra serían benditas en él. El
honor era grande, pero tenía su precio. Al leer sobre su vida, encontramos
huellas del trato de Dios en él. Fue un hombre formado en el ministerio divino.
El resultado fue positivo, Tenía una fe
acrisolada.
Una de las
tragedias que experimentamos es la perdida de la fe. ¡Con qué facilidad nos
desinflamos! Pero este hombre no fue así. El escritor de la carta a los romanos
dice: “No se debilito en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como
muerto (siendo casi de cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara.
Romanos 4:19
Y no solo
que mantuvo su fe, sino que se fortalecía en fe, cada vez más, plenamente
convencido de la fidelidad de Dios. Cuando lo asaltaban los temores y las
dudas, cuando la realidad lo golpeaba en pleno rostro haciéndole ver su
imposibilidad, elevaba su pensamiento a Dios, con los ojos abiertos a la
dimensión espiritual; contemplaba a Dios majestuoso, omnipotente, omnisciente,
omnipresente, ¡todo lo sabe, todo lo puede!... y comenzaba a darle gloria y
alabanza hasta alcanzar un nivel de fe cada vez mayor. Esa fe y obediencia
trajeron al tan esperado Isaac (Romanos 4:16-24)
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