miércoles, 21 de marzo de 2012

La gloria de la resurrección





La gloria de la resurrección

“Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿Cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?

“pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿ con qué cuerpos vendrán?” ¿Cómo puede ocurrir esto? Cómo es posible que estos muertos se levanten nuevamente y se unan a sus diversas almas, que muchos millones de años atrás fueron sepultados en la tierra, o tragados por el mar o devorados por fuego? ¿Cuerpos que se han reducido al más fino polvo, que ese polvo fue esparcido por la faz de la tierra, cuerpos que han sufrido miles de cambios, que alimentaron la tierra, se transformaron en alimento de otros seres…, y a su vez en comida de otros hombres? ¿Cómo es posible que estas pequeñas partículas, que formaron en un tiempo el cuerpo de Abraham, habrán de reunirse nuevamente y, separadas del polvo de otros cuerpos, serán colocadas en el mismo orden y en la misma posición en la que estuvieron antes, para formar exactamente el mismo cuerpo que abandonó su alma a la hora de la muerte?

Ezequiel, en visión fue transportado a un valle lleno de huesos secos, y mientras profetizaba oyó un ruido y un temblor; y los huesos se juntaron cada hueso con su hueso; tendones sobre ellos; y entró en ellos espíritu, y vivieron, y estuvieron sobre sus pies (Ezequiel 37: 7-10). Esto puede suceder en una visión. Pero que esto y mucho más, pueda ocurrir en el transcurso del tiempo, que nuestros huesos reducidos a polvo puedan llegar a ser hombres vivientes; que todas esas pequeñas partículas que forman nuestro cuerpo de manera instantánea se reúnan y se coloquen cada una en su lugar, hasta que al final se reconstruya nuestro cuerpo; que esto ocurra es algo tan increíble, que no podemos hacernos a la idea. Hemos de observar que los gentiles estaban muy disgustados con este pensamiento de la fe cristiana. Fue lo último que aceptaron creer los infieles, y hoy en día es una de las mayores objeciones del cristianismo.

La escueta noción de resurrección requiere que el cuerpo que resucite sea el mismísimo cuerpo que murió. No puede hablarse de resurrección si no es exactamente del mismo cuerpo que murió.


La doctrina de la resurrección es como clave de bóveda del edificio del pensamiento de Pablo.
Pablo alude a una fórmula catequetica: “Cristo murío por nuestros pecados según las escrituras; que fue sepultado, y al tercer día resucito según las escrituras” (15:3,4). El inciso “según las escrituras” probablemente no se refiere a ningún texto concreto sino a la idea general de que en la resurrección de Cristo se realizan los viejos planes de Dios sobre la salvación de los hombres, o sea la resurrección de Cristo, que arrastra consigo la nuestra.
Pablo empieza por aducir un argumento absurdo: los corintos de hecho negaban la resurrección de los muertos, llevados de la poderosa influencia de la filosofía griega, que despreciaba el cuerpo y sólo creía en el espíritu como constitutivo del hombre. Por tanto, si éste era el motivo de la negación de la resurrección, también habría que negar la de Cristo.
Pablo añade aquí algunas apariciones de Cristo resucitado que no se mencionaban en los evangelios.


Es impresionante la aparición a quinientos cristianos, muchos de los cuales vivían en la época temprana a la redacción de la carta.
En resumen: “Si nuestra esperanza en Cristo se reduce sólo a los límites de esta vida, somos los más desgraciados de todos los hombres”(15:19).

*EL MODO DE RESURRECCIÓN

Pablo toma un ejemplo de la vegetación. A lo que se ve a simple vista, el grano de trigo parece que muere al ser sembrado y después resurge convertido en lozana espiga. Aquí interviene el poder divino. Sin embargo, hay que notar que cada germen corresponde a un cuerpo determinado: hay diversidad de cuerpos (hombres, animales, pájaros, peces) igualmente en la resurrección: a cada germen “muerto” en el surco corresponde un cuerpo glorioso determinado.
¿cómo debe uno imaginarse la resucitación? Respuesta: ¡De ninguna manera! “Resucitación” y “Resurrección” son dos términos metafóricos, figurados, tomados del “despertar” y “”levantarse” del sueño. Sólo que en el despertar y levantarse de la muerte no se trata de un retorno al anterior estado de vigilia de la vida cotidiana, sino una radical transformación a un nuevo estado completamente distinto, inusitadamente nuevo, definitivo: la vida eterna. Y ahí no hay nada que imaginar,, representar objetivar, No sería una vida completamente distinta, si pudiéramos representarla con conceptos e imágenes de nuestra vida diaria, algo así como la ampliación y superación de los deseos y anhelos de cada día un cielo de tonos paradisíacos. “lo que ojo nunca vio, ni oído oyó, ni hombre alguno ha imaginado” (1Cor 2,9). De nada nos sirven aquí nuestros ojos y oídos, ni nuestra fantasía, que sólo puede extraviarnos. La nueva vida es para nosotros susceptible de esperanza, pero enteramente inaccesible a la intuición y a la representación.


De la misma manera que el físico intenta describir la invisible naturaleza de la luz en el campo atómico y subatómico con conceptos contrapuestos con imágenes como onda y corpúsculo y con fórmulas y modelos matemáticos abstractos, también nosotros podemos intentar describir esta vida completamente distinta con imágenes, metáforas, símbolos o también conceptos contradictorios o paradojas, capaces de conciliar para esa otra vida lo que en está vida nunca dejará de ser contradictorio. También el nuevo testamento recurre en los relatos de las apariciones a esas paradojas, llegando al extremo de lo imaginable: no es un fantasma, pero tampoco algo aprehensible; es algo visible-invisible, reconocible-irreconocible, palpable-impalpable, material-inmaterial. Inmanente-trascendente en el orden espacio temporal. Especialmente cautas son las afirmaciones de Pablo, quien para describir la realidad de la resurrección emplea, con suma discreción, términos paradójicos, que apuntan al límite de lo expresable: un imperecedero “cuerpo espiritual (1Cor15,44), un cuerpo de gloria (1Cor 15,43), nacido del pasajero cuerpo de carne mediante una radical “transmutación” (1Cor15,22) y tan diferente de el como la planta a la semilla(1Cor15,22).


Pablo, al hablar de la resurrección, no refleja la mentalidad griega ni se refiere a la inmortalidad de un alma que deba liberarse de la cárcel del cuerpo mortal. En general, el problema alma-cuerpo, visto desde una teología bíblica, debe recibir un enjuiciamiento extremadamente crítico. Con razón el teólogo evangélico Paul Althaus, en su libro, “Las últimas cosas recomienda que la fe cristiana en general “no habla de inmortalidad del alma, sino. Simplemente de la “inmortalidad”, de la irrevocabilidad de la relación personal con Dios; pues está relación afecta al hombre en la totalidad de su existencia anímico-corporal. No se trata del “alma”, sino de la persona en cuanto unidad viva del ser corpóreo-espiritual, unidad fundamentada en la llamada de Dios.


El teólogo evangélico Wolfarht Pannemberg llama insistentemente la atención sobre el hecho de la moderna antropología, concretamente el estudio del comportamiento, Ya hace mucho tiempo que ha desistido de describir al hombre “como compuesto de dos materiales completamente distintos”: Emplea una terminología que intencionadamente deja atrás la diferencia de lo corporal y lo anímico, hablando más bien del “comportamiento” así de los animales como del hombre. Todo modo de comportamiento encierra rasgos que antes se dividían en corporales y espirituales.

Las Sagradas Escrituras mencionan el lugar donde habrán de resucitar los muertos, y ello es el claro inicio de que el mismo cuerpo que murió será el que habrá de resucitar.
Así leemos en Daniel: “los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua” (Daniel 12:2) Así mismo podemos observar que las nociones de dormirse y despertar implican que cuando resucitemos nuestros cuerpos serán exactamente iguales a cuando despertemos todos los días de nuestro sueño nocturno. En otro pasaje leemos la siguiente afirmación de nuestro señor: “Vendrá la hora cuando todos los que estén en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección d vida; más los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación: (Juan 5:28, 29).

Dios puede distinguir y guardar sin mezclarse con otros cuerpos, el particular polvo en el que se disolvieron nuestros cuerpos, y puede reunir sus partículas y juntarlas de nuevo sin importar lo lejos que se dispersen esas articulas. Dios es infinito tanto en conocimiento como en poder. Él sabe cuantas son las estrellas y las llama por su nombre; también puede decirnos el numero de arenas en las playas de los mares; ¿y nos puede parecer increíble que conozca con precisión cada una de las partículas que formaron nuestros cuerpos? ¿ por qué habría de parecer extraño que Dios, que nos formó al comienzo, cuyos ojos vieron nuestros embriones, “bien que en oculto fuimos formados y entretejidos en lo más profundo de la tierra (Salmo 139:15) conozca cada partícula de nuestro cuerpo en el que fuimos formados?. El artífice conoce cada parte del reloj que arma; y si se desarmara totalmente y sus piezas se desparramaran podría reunirlas y distinguirlas unas de otras.

Dios hizo a Adán del polvo de la tierra. De modo que el cuerpo del hombre que se transforma en polvo después de la muerte, no es distinto al que fue antes, y el mismo poder que al principio lo hizo del polvo de la tierra puede de igual facilidad rehacerlo de nuevo cuando nuevamente se transforme en polvo.. No es más maravilloso que la formación del cuerpo humano en la matriz de lo que sin duda tenemos muestras diarias, y que sin duda es un raro ejemplo del poder divino como lo es la resurrección del cuerpo.

Jesús murió y resucitó, y apareció vivo a sus discípulos y a otros, que vivieron muchos años con Él, y estaban plenamente convencidos de que era la misma persona que vieron morir en la cruz. Lo que ha prometido es capaz de llevarlo a cabo mediante el “poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Filipenses 3: 21) pese a no poder decir exactamente de que manera se efectuará todo esto, eso no debería debilitar nuestra fe. Es suficiente saber que Dios, a quien todas las cosas le son posibles, nos ha dejado su promesa de que habremos de resucitar. Me gustaría que quienes se mofan de la gloriosa esperanza de los que creemos, y que continuamente esgrimen objeciones en contra la resurrección, nos hablen de los diversos aspectos de la naturaleza.

Que nos expliquen de todo lo que ocurre en este mundo antes que hablarnos de las dificultades para la resurrección. ¿Podrían explicarnos como fueron formados nuestros cuerpos? ¿cómo fue hecha la primera gota de sangre, el corazón, las venas, las arterias que le dieron cabida en su interior?

Nuestra esperanza y consuelo es que seremos liberados de esta carga de la carne, cuando “enjuagará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más dolor; porque las primeras cosas pasaron” ( Apocalipsis 21:4)

Nuestro señor ya nos dijo que los que sean hallados dignos de ganar ese mundo no se casaran ni serán dados en matrimonio, ni pueden más morir, sino que serán igual que los ángeles.

La resurrección de Cristo no sólo quita la oscuridad y el temor que rodea la muerte, sino que tiende un puente sobre el abismo que nos separa de nuestros muertos queridos, y siembra en nuestros corazones la fuerza y la esperanza de una gloriosa reunión ante la más dolorosa y desesperante separación.

El cristianismo no es agnosticismo, sino fe, seguridad, conocimiento: no es negativo, sino positivo.

El cristianismo no es racionalismo, sino fe en la revelación de Dios. Y un aspecto notorio y sobresaliente en esa revelación, es la resurrección del cuerpo.

NUESTROS CUERPOS RESUCITARÁN EN GLORIA

“ entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su padre” (Mateo 13:43). Algo semejante al resplandor en el rostro de Moises luego de hablar con dios en el Sinaí. Su rostro brillaba con tanto esplendor que los israelitas tenían miedo de acercarse a el, por lo que tenía que cubrirse con un velo. La extraordinaria majestad del rostro de Esteban no era otra cosa que el anticipo de su gloria. “ Todos los que estaban sentados en el concilio, al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel” (Hechos 6:15). Si brillo tan gloriosamente en la tierra ¿Cómo brillará en el otro mundo, cuando su cuerpo cuando su cuerpo y los cuerpos de todos los santos sean transformados a semejanza del cuerpo glorioso de Cristo? El inefable gozo que hemos de sentir saldrá a la superficie y hará brillar nuestros rostros. Aún en nuestra vida el gozo del alma se refleja en nuestro rostro haciéndolo más jovial, tal y como nos dice Salomón: “ La sabiduría del hombre ilumina su rostro” Eclesiastés 8:1.

Cuando nuestro Señor y Salvador puso al descubierto una pequeña aprte de la gloria que ahora posee y que a su debido tiempo impartirá a los que le siguen, el lugar se volvió como un paraíso; los discípulos pensaron que nada mejor que permanecer allí, para siempre, gozando de aquel espectáculo maravilloso. “ Bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas” (Marcos 9:5)

Nuestros cuerpos resucitarán en poder. Esto expresa la viveza de nuestros cuerpos celestiales, la agilidad y presteza de sus movimientos, que nos permitirá ser obedientes instrumentos del alma. En nuestro estado actual nuestros cuerpos no pasan de ser trabas y grilletes que limitan la libertad del alma. “los que esperan en jehová tendrán nuevas fuerzas; levantaran alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán” (Isaías 40:31)

Nuestros cuerpos resucitarán como cuerpos espirituales. Nuestros espíritus están obligados a servir a nuestros cuerpos, pero en la otra vida serán nuestros cuerpos los que sirvan nuestros espíritus, y los atenderán y dependerán de ellos.

Será una resurrección. Se levantará el mismo cuerpo que fue puesto en la tumba. Esto es indispensable para que sea una resurrección. No es una evolución; noes una nueva creacción, sino una resurrección; surgir de nuevo a la vida con el mismo cuerpo.


Por deficiente que sea nuestra concepción del tema y por poco que hayamos entendido, nos basta para darnos cuenta que un cuerpo glorificado será infinitamente mejor y más deseable que el nuestro cuerpo actual.


martes, 20 de marzo de 2012

El silencio de Dios


EL SILENCIO DE DIOS

Dios está siempre presente con nosotros… pero hay momentos cuando nos despoja de su presencia en nuestra conciencia.


Quien no sintió un escalofrío al leer o escuchar la oración desgarradora de Jesús en la Cruz: “Padre, porque me has abandonado”. Posiblemente también existieron momentos en nuestra vida en los que tuvimos una fuerte identificación con aquellas palabras. A veces cargadas de reproche, otras de impotencia y, aun de perplejidad.
Muchos personajes Bíblicos vivieron esta experiencia a la que convenientemente se le denomina “desierto”, aprovechando una rica imagen bíblica. San Juan de la Cruz avanza aun más la descripción y la llamo “la noche oscura del alma” a este tiempo de ausencias y distancias gravosas. ¿Existe una intencionalidad divina en la distancia, en esa sensación de desamparo? Por momentos, desde el dolor, pensamos en una incomprensible dosis de crueldad: Dios soltándonos en una especie de “arréglate como puedas” o desde la vergüenza culposa buscamos respuestas en el proporcionado “castigo” que nuestra contumacia merece.

En el contexto de un oráculo cargado de esperanza, Dios proclama en el libro de Isaías. “Era como una esposa joven abandonada y afligida, pero, tu Dios te vuelve a llamar y te dice: “por un pequeño instante te abandone, pero con bondad inmensa te volveré a unir conmigo. En un arranque de ira, por un momento, me oculte de ti, pero con amor eterno te tuve compasión”. (Is 54:6,8).
Tal vez esta imagen nos permita aproximarnos a la comprensión de la táctica divina: suelta nuestras manos esperando el paso. ¿Que pasaría si los padres no dejarán a sus hijos en la horrible circunstancia de la soledad para caminar? ¿Podemos imaginar una vida en la que una persona a los treinta años está caminando todavía de la mano de sus progenitores?
Dios nos despoja de la conciencia para forjar en nosotros un espíritu deseoso de su presencia y compañía. Un Dios que por su amor nos quiere adultos.

En la oscura noche del alma se sufre y se gime, pero se crece. ¿Cual es nuestra actitud cuando al intentar una y mil veces la oración sentimos vacío y soledad? ¿Nos empecinamos como un bebé y apoyamos la posadera en el suelo esperando las manos que nos rescaten de tanto naufragio? ¿O buscamos caminar, a tientas, sin apoyo hacia los brazos que al final del camino nos esperan?

sábado, 17 de marzo de 2012

Gervasio Blanco: Dispensa en el último momento



Por Xabier PIkaza




Gervasio Blanco Sahagún (1931-1992) fue un cristiano fiel a lo largo de sus varias etapas (religioso mercedario, profesor, superior, capellán de monjas, esposo y padre de familia…), pero sólo en el último momento recibió la dispensa del presbiterado y pudo casarse por la Iglesia. Quiero hoy presentarle como signo (y ejemplo) de una Iglesia que ha pasado en pocos años por circunstancias muy diversas.

Murió hace veinte años, y muchos aún le recuerdan, en Velilla de la Reina (su pueblo) y en Bilbao, donde vivió al final, en la Orden de la Merced, donde realizó una labor muy importante como profesor, comendador y capellán, y en el Monasterio de Mercedarias de Lañomendi (Loiu)… Debe recordarle de un modo especial Margarita, su esposa y sus dos hijas, ya mayores.

Fue trabajador infatigable, escritor, profesor, superior, padre, … una trayectoria llena de riqueza cultural y humana, con posibles defectos y contradicciones, pero con una fe inmensa en la Vida, en los otros (su Orden, su familia, su Dios…). Sufrió una dura enfermedad y logró al fin su deseo: Recibir la “dispensa” del presbiterado y casarse por la Iglesia antes de la muerte, dejando en paz, con gran amo
r y duelo, a su mujer y a sus hijas.

.

Por una razón que verá quien siga leyendo, le he recordado y le recuerdo de un modo especial. Su testimonio creyente me ayudó a vivir en su momento y me ha servido para entender mejor las luces y sombras de una Iglesia a la que él amaba hasta el extremo de ofrecer su vida por ella, en medio de sus dificultades.

Fue de los últimos de una larga generación frailes estudiosos y trabajadores, de monjes austeros dedicados a la causa de Dios (a su manera)..., uno de los últimos que, por diversas razones, tras o tres vidas apuradas hasta el límite, dejó una Orden Religiosa y un Presbiterado oficial, buscando una nueva forma de ser y vivir en Iglesia, con fidelidad y dificultad.

Puede ser recordado entre los primeros en una serie de presbíteros y religiosos “seculares”, que tras abandonar el ministerio oficial realizó una gran labor en la Iglesia.

En esa línea, tras la semblanza de Agustín (muerto sin dispensa del presbiterado) y de Alejandro, revivido de la enfermedad dentro de la Orden de la Merced, quiero recordarle a él, un religioso y presbítero casado a quien, en el último momento, en gran enfermedad, le concedieron la “dispensa” del presbiterado.


No sé si podría iniciarse en la Iglesia una nueva serie de santos arriesgados, entregados, quizá equivocados en algunas cosas, pero fieles y dolientes, testigos de Dios en medio de una crisis que aún no ha terminado. Entre ellos se podría citar a Gervasio. Otros muchos, en otros planos, podrán describirle mejor, pero creo que mi recuerdo puede aportar algo a su vida, que divido en tres partes:

Un hombre de estudios,
un hombre de Orden (mercedario),
un casado que pide dispensa del presbiterado antes de morir

(Me ha mandado su mujer unas fotos,pero no logro ponerlas bien en el blog. Las dejo ahí por un tiempo, y si no encuentro la forma de ponerlas bien las quito).
1. UN HOMBRE DE ESTUDIOS

En otro tiempo y circunstancias habría sido un gran profesor, jubilado ya (hoy tendría 81 años), lleno de publicaciones eruditas y homenajes, ratón de biblioteca, con muchos libros de historia y de recia teología, anclada en el siglo XVI-XVII, su siglo.

Nació el año 1931, en Velilla de la Reina (municipio de Cimanes), en la zona duro del Páramo de León, tierra de labradores fuertes, curtidos, austeros, y de comerciantes avisados. Esa famosa la inteligencia y astucia honrada de las gentes del páramo, cazurros para algunos, elegantes para otros. Allí, en su pueblo (de bellos carnavales) le recuerdan con el humor y el amor de la tierra; dos veces estuve en su casa (una comprando legumbres para el convento); quisiera pasar por allí una tercer vez, antes de morir.

Gervasio sintió pronto la vocación de servicio en la Iglesia, y empezó a estudiar en el Seminario de León… Tras unos a
ños ingresó en la Orden de la Merced, donde profesó el año 1955 (¡con 24 años, que en aquel tiempo era una edad ya madura!), culminando su carrera teológica en el estudiantado de Poio (Pontevedra) donde destacó por su seriedad, su vida interior, y su capacidad de trabajo. Se ordenó de presbítero el año 1957. Éstos son algunos de los momentos de su vida y trabajo.

– Teología dogmática. Así le recuerdo cuando llegué a Poio aquel mismo año (1957), en un viejo e inmenso torreón del convento antiguo, frente al cementerio, fumando sin cesar, con grandes infolios de Zúmel y F. Pérez, de Mancio del Corpus Christi (¡su preferido…!), de Luis de León (teólogo de obras interminables…), de Báñez y Soto, de Molina y Vázquez…

Empezó a dar algunas clases, pero pronto fue de Poio y culminó su carrera teológica en la Universidad Pontificia de Salamanca, donde se doctoró en teología con un trabajo titulado:

Lo sobrenatural, la gracia y la fe en Francisco Zúmel,
Editorial Estudios, Madrid 1964 (ynúmero monográfico de la Revista Estudios)

Publicó en esos años una serie de trabajos de especialidad sobre temas de teología sistemática e historia de la teología:

--Nueva Teología de lo Sobrenatural, Estudios 18 (1962) 93-108
--La Inhabitación del Espíritu Santo en el alma justificada según Zúmel, Estudios 1963) 51-68

– Biblia. Estudió después (1963-1965), Sagrada Escritura en el Instituto Bíblico de Roma, el primero de los mercedarios que pasó por aquella escuela, la más rigurosa de la Iglesia Católica, realizando en dos el trabajo de tres o cuatro años.

Fue fiel a la doctrina del Bíblico, que seguía siendo tradicional, a pesar de que tuviera profesores, luego cardenales, como Bea, Martini (y Alonso Schökel). Le interesó en especial el Evangelio de Marcos y estaba pensando en escribir una tesis doctoral sobre el Trasfondo Litúrgico del Segundo Evangelio. De este tiempo es su estudio quizá más valioso:

Recensión teológica en el Antiguo Testamento e inspiración, Estudios 23 (1967) 360-393

Volvió a Poio donde fue profesor de Biblia y Teología. Recuerdo muy bien sus clases, antes y después de ir a Roma, lecciones que para algunos resultaban aburridas, que otros escuchábamos con admiración… No sé por qué, me vienen siempre a la memoria las soluciones teológicas de Mancio del Corpus Christi en temas vinculados a los sacramentos y a la gracia. Fue uno de los grandes especialistas en la teología hispana del siglo XVI y XVII, que, a su juicio, seguía ofreciendo las mejores soluciones a los nuevos problemas doctrinales y morales…

También recuerdo sus clases sobre el “íter” de las apariciones de Jesús Resucitado, procurando unir el testimonio de los cuatro evangelio, con idas y venidas constantes de mujeres y apóstoles, del cenáculo al sepulcro vacío, del sepulcro vacío al cenáculo Es evidente que traías algunas teorías aún tradicionales del Bíblico de Roma, teorías concordistas (quizá preconciliares) sobre la necesidad de compaginar todos los datos de los cuatro evangelios, en una especie de concordia unitaria (un nuevo Diatesaron que él quería fijar). No sé si me convenció lo que decía; estaba llegando el Concilio, estaba entrando en la Iglesia una nueva teología, con Rahner en vez de Mancio, con Lubac en vez de Báñez.

-- Vino el Concilio, vinieron los nuevos teólogos, había que aprenderlo todo de nuevo… y él se quedó al otro lado. Ciertamente, era moderno, tenía teorías hondas sobre la Gracia y la Inspiración Sagrada…, pero lo que había estudiado le ponía del lado de atrás. Cambió todo (casi todo) en la teología, los estudios iban por otro camino, y él ya no quiso dedicarse al estudio.

Tengo la impresión de que se sintió “engañado” por primera vez, tras diez años de estudio intensísimo de Mancio y de Marcos, de Zúmel y de Lucas… Es como si le dijeron (cuando acababa de estudiar y aprender lo fundamental) que eso ya no importaba, que se olvidara de eso, que había otras cosas…

Tuvo la sensación de que había llegado tarde, y tan pronto como acababa de estudiar, tras diez años de esfuerzo inmenso, le repitieron que aquello ya no valía. Él no se lo creyó nunca (¡así me decía a mí, tomándome el pelo, con humor cazurro: Ya volverás a lo antiguo…!).

No he cambiado demasiado, pero hoy le entiende mucho mejor, y comprendo que el cambio que se le pidió, a él y a otros muchos, fue demasiado duro. Tenía poco más de treinta y cinco años, había sido formado para ser un gran profesor en las mejores escuelas y universidades, pero se fue quedando solo…, mientras a su lado cambiaban casi todas las cosas. No dejo de pensar y de sentir, pero dejó de escribir… Con un humor inmenso, y cariño de fondo me decía: ¡Tú piensa, piensa, inventa y escribe…! Un día te darás cuenta….

2. UN HOMBRE DE ORDEN, MERCEDARIO

De esa manera, entre el 1965 y el 1970, siendo profesor de un teologado donde había aún muchos estudiantes de filosofía-teología (casi cien, aunque ya iban bajando), dejó de centrar su vida en el estudio y en las clases y poco, como sin haberlo él querido, se encontró en las mil tareas de la administración un antiguo Monasterio Benedictino (Poio), reciclado como casa de estudios, convento abierto a los mil quehaceres nuevos de la vida.

Hicimos juntos varios trabajos, revisamos encuestas, preparamos textos para capítulos… Él tenía sus propias ideas, pero siempre fue galante, y me dejaba actuar a mi manera, mientras se ocupaba cada vez más de la formación y administración, apostando por la transformación del Convento. Había sido profesor y formador (maestro de teólogos, entonces se decía “coristas” o de coro), y le hicieron Comendador del Monasterio, cosa que fue del 1970 al 1973, tras un Capítulo Provincial (1970) lleno de cambios y renovaciones, con un Provincial nuevo (Gándara Castro), venido de América, que murió muy pronto, ejerciendo su cargo, en el altiplano de de Bolivia. Fueron los años clave de los grandes cambios, que él sufrió en su carne:

1. Se fue despoblando el Convento… Bajaban los “coristas”, se hacía difícil de respirar el aire de los cambios… Los filósofos fueron a un lado (Colmenar), los teólogos a otro (Salamanca), mientras la inmensa Casa quedaba vacía, con profesores sin trabajo (cada uno fuimos buscando nuevos destinos y menesteres), celdas sin moradores, coro cada vez más yermo…

2. Parecía desmoronarse la Casa, la casa antigua, de cuatro siglos (llena de voces de Mancio, de Zúmel, de Báñez… ) y quedó vacío el nuevo “coristado”, todavía sin acabar y ya inútil, con trescientas (¡300!) habitaciones húmedas de mar en el invierno, sin uso en el verano. Una casa para nuevos frailes sin frailes… ¿Qué se podía hacer? Gervasio era el primero que quería conservar lo antiguo (el toque de campana, la teología de Báñez…), pero fue también de los primeros que vio que el cambio era inevitable: Supo desde el principio que se debía dar un uso nuevo al convento viejo y al nuevo recién terminado (y en parte sin terminar…). Era un símbolo de la Iglesia, me decía… Tan pronto como habían acabado, las obras quedaban sin uso, los frailes sin trabajo, y había que trabajar de formas nuevas.

3. Quiso trabajar y trabajó, queriendo terminar primero las obras que quedaban por hacer, y transformar luego el convento, para que sirviera de casa de retiros y cursillos, y también como lugar de acogida y hospedaje para recibir a la nueva clase de “turistas” y veraneantes que empezaban a llenar las Rias Bajas. Fue el inspirador y primer creador de la Hospedería de Poio, que hoy conocen cientos y miles de turistas… Lo vio muy pronto, y quiso hacer rápido. Se olvidó de Mancio y Zúmel, leyó de una manera nueva a Marcos, y empezó ideas salidas nuevas para el viejo monasterio.

4. Pero no todos vieron bien el cambio. Llegó el Capítulo Provincial del 1973, y gran parte de los religiosos, venidos de España y América, no comprendieron ni aceptaron el cambio de Poio. No se habían dado cuenta de la transformación cultural y social que estaba sacudiendo ya los pueblos y gentes de España que, antes de morir Franco, había entrado ya en Europa…. Los capitulares venían desde sus conventos de España (y sobre todo de América) con la imagen de un Poio de cien coristas… y descubrieron un convento vacío, lleno de obras para convertirse en Hospedería. Gervasio quedó solo. Tenía un plan (mejor o peor…), pero no le respaldaron. Llegó quizá antes de tiempo

Recibió muchas críticas, hablamos muchos de ellas. Quise defenderle, creo que lo hice (debe andar todo en las actas del Capítulo), pero ya era tarde. Gervasio quedó con la herida de su segundo fracaso, y se “retiró”… Me dio las gracias con las lágrimas en los ojos (¡nunca lo hubiera imaginado así!) porque dije en el Capítulo que los cambios eran inexorables, que no había vuelta atrás, que debíamos adelantarnos a los tiempos y ofrecer nuevas propuestas.

Pero no era tiempo para nuevas propuestas y Gervasio ya no repitió como Comendador de Poyo, quedando de algún modo como “marginado”. Esa fue su “segunda derrota”: Dejó sus afanes de renovación del Monasterio (que otros llevarían adelante luego, pasados varios años) y pidió (le concedieron) un trabajo hermoso y marginal: Capellán de las Monjas Mercedarias de Lañomendi, en Loiu (Vizcaya).

3. UN CASADO QUE PIDE DISPENSA DEL PRESBITERADO ANTES DE MORIR

Vino a Lañomendi y fue por largos años Capellán del Monasterio, dividido también (unas monjas de clausura, otras de colegio…). Trabajó de profesor, cultivó la huerta… Así le fui viendo, del 1973 en adelante, todos los años, cuando iba a visitar a mi madre, dando clase o labrando el huerto, patatas, tomates… Generoso, sonriente… Recuerdo que daba a mi madre montones inmensos de hortaliza: Toma, toma…

Fueron quizá los mejores años de su vida, en contacto directo con la tierra, con las clases de religión para las niñas del colegio, con la pastoral inmediata, en sintonía con las religiosas… Hasta que llegaron dos cambios significativos: Su enfermedad, su matrimonio…

– Enfermedad. Lo primero fue su enfermedad, de pronto, un día que estaba en clase, cayó derrumbado delante de todas las niñas, pidiendo perdón a Dios y misericordia a todos, como los recios santos antiguos… Creo que se trataba del riñón, no funcionaba… y así tuvo que danzar meses y años, clavado a sus medicamentos y a sus curas, de hospital en hospital, largos años de enfermedad, vivida y sufrida de un modo ejemplar.

– Margarita. Quedó de esa forma solo, no sé si fracasado por tercera vez (sin estudios, sin convento…). Pero le llegó una gracia nueva, en forma de amor (Margarita). Y dejó la vida religiosa y se casaron, y tuvieron dos niñas… Fue como un renacer. Así le veía, año tras año, cuando iba por Bilbao: Consumiéndose por fuera, por la enfermedad, reviviendo por dentro, como un adolescente, con el amor encontrado al fin de un modo humano, sin estudios, sin convento, puro amor.

– Un renacido. No quiero extenderme más en aquellos años, tendría que escribir otro post… Simplemente decir que siguió siendo Gervasio, con inutilidad total (en el plano laboral), pero trabajando todo lo que podía, en la catequesis de la parroquia, ayudando a los mercedarios de la Peña, dando clases de Biblia… Ahora sí, me decía, ahora puedo enseñar Biblia, sin miedo, a la gente de la calle, sin discusiones eruditas…. Ahora sí, me decía, he podido olvidar a Mancio de Corpus Christi. Ahora sí… y en sus ojos se veía su ilusión de niño grande, su ternura por fin recuperada, a flor de piel, tras un largo itinerario de dolores. Me tomaba el pelo:

–Tú escribe, si… y regálame algún libro, pero tienes que saber que todo eso es secundario, lo único que importa es vivir, ser buenas personas…

No quiero detenerme en más detalles sobre aquellos años, que en medio de todo fueron buenos, a pesar de la enfermedad, con Margarita… y con el buen recuerdo y la buena presencia de los mercedarios de La Peña. Sólo recordaré un último dato, que para mí es el más importante de su vida.

– Voy a morir, quiero la dispensa. Fue una vez especial. Yo había venido de Roma y de andar por ahí (desde el 1984 anduve un tiempo fuera de la Universidad Pontificia de Salamanca, pero me acababan de readmitir, con condiciones). Nos citamos en restaurante cerca de San Mamés, por donde vivía. Le encontré más cansado que nunca, con un gran deseo. Debía ser el año ya el año 1992. Hablamos con cierta intimidad. Me dijo así:

–Voy a morir, Xabier, y voy a morir pronto. Me da una inmensa tristeza por Margarita y por mis hijas, pero creo que en el fondo he sido honrado. He buscado lo mejor, he fracasado varias, veces, pero sé lo que es la vida y muero creyendo en Dios y en la Iglesia. Pero hay una cosa que me hace sufrir inmensamente: ¡No me han dado la dispensa, no me he podido casar por la Iglesia, no puedo comulgar en público…!

Yo le dije que eso no importaba, que era secundario, que Roma… Me contestó con toda seriedad:

– Xabier, tú siempre has sido un poco liberal, y quizá haces bien. Gracias por decirme lo que me dices. Pero yo soy de los antiguos, creo que las cosas hay que hacerlas bien, y yo quiero arreglar los papeles antes de morir… Creo en la Iglesia y quiero que ella me ofrezca la dispensa, para morir en paz.

– Una carta a la Congregación. Salí de Bilbao con una tristeza inmensa. Tenía allí el coche, y sentí que fluían las lágrimas al tomar la autopista para subir a la meseta. Llegué a Salamanca y me puse a escribir una carta, dirigida a la Congregación del Clero… Tengo por ahí el borrador, una copia fue para el Prefecto, otra para la congragación, en correo Certificado Urgente. Decía más o menos esto:

Ilmo Mons….. (Congregación…):

Estimados Señores. Quiero ofrecerles con esta carta mi saludo y deseo de bien, en nombre del Señor Jesucristo, en comunión con la Iglesia.

Me llamo Xabier Pikaza, soy presbítero de la Orden de la Merced, Catedrático de la Universidad Pontificia de Salamanca. Éstos son mis datos, por si quieren compulsarlos….

Acabo de estar con Gervasio Blanco Sahagún, que fue mercedario y presbítero. Lleva unos años casado, tiene dos hijas, y se encuentra en peligro de muerte, casi en estado terminal. Pueden su caso en el Hospital… (y daba sus datos….).

Acabo de estar con él y me dice que su único deseo, antes de morir, es recuperar la paz con la Iglesia a la que ama, por encima de todo. Les puedo asegurar que eso es cierto. Es un caso sin ninguna posibilidad de “retorno”, tanto por su enfermedad como por sus dos hijas y por su relación con su esposa, que está sufriendo mucho por esto.

Quiere recibir la dispensa, casarse por la Iglesia y celebrar los sacramentos ante la comunidad, ante Dios y ante la Iglesia. Les puedo asegurar que ha sido y es un hombre humanamente ejemplar, que ha seguido trabajando por la Iglesia después de abandonar los ministerios, sin dar ningún escándalo, sino todo lo contrario.

Los cristianos de la zona, que conocen su caso, no comprenden la actitud de la Iglesia que no le concede la dispensa, están escandalizados de ello, se lo puedo asegurar.

Por todo eso, ruego que revisen su caso y que le concedan la dispensa, a la máxima brevedad, no sea que llegue tarde. Les aseguro que en el juicio de Dios no me gustaría hallarme en su situación, si no le conceden lo que pide.

Aprovecho la ocasión para saludarle..…

Ésta fue mi carta. No sé si influyó, porque el Vaticano no da razones, no suele responder en estos casos…

Evidentemente no sé si pude influir, o si influyeron más otros (el P. General de la Orden de la Merced, interesado en el caso)… o si le había llegado el momento. El caso es que en poco tiempo llegó la dispensa…. y Gervasio pudo morir en paz con la Iglesia.

Murió el el 26 de diciembre del 1992. No pude estar en el entierro… No sé dónde andaba, por ahí, en alguna “misión” mucho menos importante… Sé que llegue unos días más tarde, para pasar el Añoviejo con mi madre. No sé si tuve el valor de llamar a Margarita y verla. Si ella lee esto (y lo leen sus hijas) quiero que sepan que Gervasio fue un gran y hombre y que no fracasó en ninguna de las cosas que hizo.

No fracasó como teólogo, aunque cambiaron sus tiempos. Mancio del Corpus Christi fue y sigue siendo importante.

No fracasó como mercedario y como “Comendador” del Convento de Poio, que sigue siendo Hospedería, gracias a él…. Estuve allí el pasado verano y le vi, está en el comedor, con su sonrisa abierta, de amor astuto y franco, al mismo tiempo… Gracias, Gervasio, por lo que hiciste por la Orden, que te sigue queriendo.

No fracasó como esposo y padre. Un saludo y abrazo desde aquí, Margarita.

PD. ESTE POST SIGUE ABIERTO…

Sigue abierto, porque el ejemplo y testimonio de Gervasio me ha venido acompañando todos estos años, como una voz de aviso y de ánimo:

a. Quizá debemos renovar la teología
b. Quizá debemos renovar la Vida Religiosa
c. Quizá los ministerios deben revisarse….

Hubiera sido hermoso que Gervasio pudiera haber seguido siendo Presbítero de la Iglesia, sin necesidad de pedir y recibir dispensas en el lecho de muerte (a diferencia de Agustín).

Pero de eso trataré otro día. Hoy ha sido suficiente esta semblanza de Gervasio.


http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2012/03/15/-gervasio-blanco-dispensa-en-el-ultimo-m

martes, 13 de marzo de 2012

Agustín Villamor, luz clara en una Iglesia oscura




(Xabier Pikaza) Agustín, amigo, has muerto un Domingo de Cuaresma (4 III 2012), tú que era ya Pascua con Jesús, tu amigo. Has muerto en un tiempo de oscuridad de la Iglesia a la que habías dado gota a gota tu vida, sin haber recibido de ella una respuesta católica, humana.

Has muerto en pecado, no en el tuyo, sino bajo el pecado una Iglesia Oficial que no te ha dado Comunión, a ti que siempre habías ofrecido comunión a los demás.

Pero no has muerto solo, sino acogido por el Dios a quien querían, en manos de tu esposa querida y de sus hijos (tus hijos), rodeado del amor de tus amigos, del respeto y cariño de todos tu vecinos, de la admiración de tus compañeros claretianos… Has muerto como religioso y sacerdote ejemplar, siendo marido y padre de unos hijos.

Has sido y eres un signo, Agustín, y así quiero presentarte hoy que ya no puedes responderme en este mundo, en la octava de tu “resurrección” (en medio de esta cuaresma eclesial que sigue), como ejemplo del gran amor y de la cruz inmensa de miles de presbíteros, religiosos y religiosas que se han dado su vida por Jesús y que al fin se han sentido apartados, negados por aquellos que se dicen sucesores y representantes suyos.

Has muerto y quedas como testimonio vivo de entrega de miles de "consagrados" que lo han dado todo y que, cambiados los tiempos y las circunstancias, se han sentido negados y/o silenciados por la Iglesia. Sólo algunas dictaduras son capaces hacer algo semejante: Ignorar y desperdiciar la entrega de muchos de sus "hijos" mejores, que han dejado un tipo de Institución, pero están plenamente dedicados a la causa del evangelio, de otras maneras.
Iglesia, que hace a los hombres y los deshace

Has muerto sin ser reconocido por tu Madre Iglesia, que ha sido para ti madrastra, pero tu vida no ha sido una vida baldía, sino todo lo contrario: Has sido Luz de Pascua en la Cuaresma oscura de una Iglesia que te ha criado y te ha enviado (te ha hecho misionero) con su gran pasión de Cristo, para abandonarte luego, como dice un dicho antiguo de tu antigua y recia tierra: ¡Castilla, que faz a los omes e los desfaz! Castilla…, una Iglesia, que hace a los hombres y luego los deshace.

No han podido deshacerte, Agustín, porque tú has vivido a la luz de Cristo, y en esa luz has muerto, rodeado de amigos cristianos (de los mismos claretianos, tus hermanos), y tu muerte ha sido para muchos de nosotros una Pascua anticipada en esta larga cuaresma eclesial. Perdona que así te recuerde, emocionado y dolorido, agradecido por tu memoria de gracia, recordando tu esposa, a sus hijos, a los amigos que te han acompañado.

Bien nacido, un bien claretiano

Naciste en la España profunda, del duro trabajo y las entregas fuertes (creo que el año 1957, en un lugar de la Vieja Castilla, del Reino de León), en un tiempo de grandes fidelidades y esperanzas grandes, cuando los jóvenes iban a los seminarios y conventos por vocación y tarea esencial…, pues la primera tarea es vivir, y entonces los conventos y los seminarios eran espacios de estudio y de humanidad, de llamada cristiana y de compromiso por el evangelio, en un momento de cambios fuertes, cuando iba a comenzar la gran renovación del Vaticano II, cuando empezaba ya el cambio de la Iglesia y de la España profunda.

Así te conocí en mis primeros años de profesor, en la Pontificia de Salamanca (hacia el 1975/80, no tengo aquí los datos más precisos, no voy a buscarlos, pues ahora no importan). Formabas parte del grupo del Teologado Claretiano. Teníais sin duda problema, pero vivíais de una forma intensa, con retos cristianos, grandes esperanzas. Recuerdo vuestra casa, a la vera de la casa donde murió Unamuno, en frente de las Úrsulas, en el camino por el que cada día bajábamos y subíamos profesores y alumnos, al toque de las horas, a la Facultad de Teología.

Ser claretiano era entonces una distinción. Erais quizá los mejor formados, disciplinados, estudiosos, con un fuerte ideal de sacerdocio y de vida religiosa, como misioneros de Claret, dispuestos a servir a la Iglesia y extender el evangelio al mundo entero. La luz encendida por el Concilio os alumbraba, y erais creyentes, y estudiosos, bajo la guía de aquellos que han sido y son una de las mayores referencias teológicas de España en el siglo XX: algunos que serían después (Sebastián y Rouco, Cañizares y Blázquez, Julián y Adolfo…), y otros que han sido grandes profesores (como Olegario y Tellechea…).

Llevabais en el alma la esperanza de la renovación de la Iglesia, erais el futuro, creyentes, inocentes, emocionados por Cristo, dispuestos a todas las tareas eclesiales y sociales. Así os dejé, así te recuerdo.

De misión, en la selva peruana

Te conocí entonces pero después perdí tu pista. Sé que estuviste un tiempo en España, como religioso y profesor… pero fuiste pronto a la Selva del Perú, como otros cientos de compañeros, claretianos y de otras órdenes y congregaciones, religiosos y religiosas, bien formados, enviados a diversos lugares del mundo, para realizar la misión de Jesús, allá, a comienzos de los años noventa del siglo pasado.

Allí en la selva de Perú encontraste las raíces de la vida, la inmensa realidad de la pobreza, la opresión y la miseria, en un mundo que había sido redimido por Jesús. No fuiste a buscar la y la injusticia, pero estaba allí y la encontraste. No la miraste un momento en los libros, de pasada, la viviste y la sufriste, entre los campesinos indígenas y los terratenientes, entre los intereses del capital y la durísima guerrilla, en medio de una Iglesia y de la Congregación entregada al evangelio, pero en riesgo de perderse y envolverse en otras tareas e ideales, menos evangélicos, menos humanos.

Fuiste misionero en tierra dura, hombre cercano, de Jesús, dispuesto siempre al testimonio personal y a la justicia, sin grandes palabras, con hechos grandes. Fuiste simplemente Iglesia, como Claret (pero no entre los grandes, sino con los últimos del mundo); fuiste simplemente cristiano, sin glosas, ni distingos, hombre de Jesús, y te entregaste, día a día como mártir, testigo de Dios, y así te siguen recordando como Hombre de Pascua (Resurrección), en aquella tierra que parecía condenada a una cuaresma sin fin, de injusticias, de muerte, de miseria.

Allí descubriste algo que quizá no sabías, que tu fortaleza de castellano-leonés estaba hecha de debilidad, de tu debilidad propia, y de la que fuiste adquiriendo y sufriendo, en largos días de soledad y selva, de andar mojado, de comer pobremente, de vivir a la intemperie… Sin casi notarlo, pero siendo totalmente consciente de ello, entregaste allí por Jesús y por la Iglesia (es decir, por el pueblo de los pobres) por años y años, entre infecciones nuevas y enfermedades antiguas.

En una España eclesial que no recibe a sus mejores hijos

Acabada la etapa de misión tuviste que volver (creo que el año 2001), cansado de cuerpo, pero lleno de alma, a la tierra de donde habías salido, a la Congregación Claretiana de España, a la Iglesia vieja (envejecida) donde quisiste integrarte como eras, con tu delicadeza, con tu inmensa sinceridad, con tu verdad desnuda. Y así te integraste en la comunidad y parroquias de Baltar (junto a Ferrol, en Galicia). Estuviste unos años (hasta el 2004). Pero no pudieran ser las cosas como antes. La Iglesia que te había criado en España, treinta años atrás, ya no te podía (no te sabía) recibir; era distinta, tú eras distinto, aunque siempre (y sobre todo) cristiano, un hombre de Jesús.

Ciertamente había, y hay, muchos compañeros buenos, claretianos. Había y hay muchas realidades buenas, de parroquias y misiones, en Castilla-León, en Galicia… Pero un hombre como tú, hecho a la verdad clara de la selva, no podía integrarse ya en la trama de pactos, de oscuridades y las medias verdades de la “nueva” España. De esa manera, por ser fiel a ti mismo y a tu nombre cristiano, dejaste una Congregación a la que amabas (has seguido amando hasta el fin), y un tipo de ministerio eclesial de presbítero que era para ti sagrado.

Y así sentiste que tenías que dejar tu camino anterior de religioso y presbítero oficial, por fidelidad a tu propia vocación cristiana. Y ésta fue tu tragedia: La Iglesia que te había hecho y enviado al mundo lejano no supo o no quiso recibirte en su casa (en tu casa), en la querida España. Y te sentiste extraño, un marginado y olvidado, no en Perú, sino en tu hogar de Iglesia, en tu misma tierra, que ahora era Galicia.

Sólo y desnudo, con las manos en los bolsillos

Y de esa forma te encontraste sólo y sin un “peso”, sin dinero alguno. Tantos años de trabajo y nada de “salario”… A los cincuenta años, con la ilusión de Cristo brillando en tus ojos, pero sólo, en un rincón de España, sin medios para vivir, después de haber dado y regalado tanto, con una salud frágil. En ese contexto, cuando tu vida podía haberse apagado (como una vela sin cera) pudiste encontrarte de nuevo, porque una mujer llena de alma, con hijos ya criados, supo ofrecerte algo esencial, un amor humano y cristiano, un complemento de alma.

Así dice un hermoso refrán de tu tierra: Habías quedado “desnudo y con las manos en los bolsillos vacíos…”, entre Ferrol y Vigo, sin posibilidad humana de rehacer tu vida enferma, y así tuviste que aprender a ser cristiano, desde la base, desde cero… pues la Iglesia que te había hecho y elevado y enviado hasta el confín de la selva te ignoraba ahora, incapaz de entender que su centro debía estar en las márgenes del mundo, de la vida. No te abrió espacio tu Iglesia por la que todo habías dado. Pero te recibió y te resucitó el amor de una persona (a la que tú resucitaste también con tu amor).

Tus profesores eran obispos grandes, y algunos de tus viejos compañeros eran importantes profesores de centros distinguidos… Pero tú, consumido por la selva, tuviste que buscar trabajos para sobrevivir, no en la edad en que uno empieza a “colocarse”, de los veinte a los treinta, sino en la edad de jubilarse, pasados los cincuenta. No te pudiste jubilar y trabajaste duro, de profesor de auto-escuela y de mil cosas que otros no querían, quedando al fin en paro…

Pero no todo fue cuaresma

Encontraste como he dicho gracia de Pascua en tu camino, porque tú fuiste pascua para muchos. Encontraste en tu soledad llena de vida a una mujer que te ha encontrado y te ha querido, simplemente, profundamente, creando con ellas y con sus hijos una comunidad concreta de vida, en la selva del entorno de Ferrol. Y cuidaste a sus hijos, trabajando por ellos y siendo su padre.

No todo fue cuaresma, encontraste amigos con quienes compartías camino y palabra, una especie de “parroquia” personal, hecha de encuentros humanos, cristianos, de amistad, de consejo, de enseñanza.

Así te volví a encontrar hace dos años, a la orilla de la ría del Eo, y te descubrí de nuevo, con Mabel, descubriéndote humano, sensible, cordial… simplemente misionero. Sentí que vivías a flor de piel, hombre de alma abierta por tus ojos; supe que eras cristiano por connaturalidad, tras años de ejercicio misionero… hombre de consejo y piedad, de sabiduría y ciencia de Dios, lleno de los dones del Espíritu.

Te regalé un libro de los que yo escribo, y tú me regalaste tu recuerdo de alumno y de amigo, y tu palabra de hondo cristiano, por encima de todas las leyes y normas que algunos imponen sobre otro, por encima de los pesos que personas que se creen importantes cargan sobre otros (quizá sin mover ellos ni un dedo, como sabe Mt 23).

Te encontré como persona y amigo, y me respondiste mejorado mucho lo que había enseñado Y supe que mis años de profesor en Salamanca no habían sido en vano, porque estabas tú, y otros como tú, empezando a ser misioneros en todas partes (en las selvas de Perú y en los caminos del duro Altiplano)… y en muchos resquicios de la vida, fuera de los cauces oficiales de la institución.

Querías comulgar, pero no te han dejado

Desde entonces he sabido semana a semana que ibas creciendo en humanidad cristiana, mientras menguaba tu salud, dolida por el hachazo de la dura selva antigua y de las nuevas desilusiones… y supe que morirías mártir, como has muerto, por tu justicia humana, por tu honradez cristiana, por haber sido y por ser misionero, sin trabajo rico, sin casi dinero, pero con una mujer, unos hijos nuevos, unos amigos que estaban a tu lado y crecían en humanidad por tu palabra.

Habías pedido la dispensa por el presbiterado, pero no te llegaba… y decías con humanidad increíble: ¡Es así, las cosas son lentas, en Roma, tienen mucha prudencia… y mientras tanto, para no escandalizar, no quiero recibir la comunión!... pues la Iglesia a la que ha dado vida y alma no me recibe en su comunión oficial.

Y no recibiste el signo de la comunión externa, con el pan celebrado… y así has muerto, como un nuevo catecúmeno de una Iglesia que no ha sido para ti madre, sino madrastra. Tú nunca acusaste, ni condenaste, pero yo puedo hacerlo y lo hago.

Has muerto en pecado, Agustín, pero no en pecado tuyo, sino en pecado de la Gran Iglesia, con esta Cúpula Vaticana, con estos dicasterios de Roma convertidos en el peor de los castillos de Kafka, una sede de poder inexorable que no atiende a las personas.

No, ya sé (tú me decías), ellos en el fondo son buenos… ¡Claro que son buenos, casi todos (al menos muchos) uno a uno, persona a persona, como la mayoría de la gente! Pero una institución así, que no te ha escuchado, que no ha venido a la vera de tu cama cuando estabas enfermos, que no te ha dado gracias (ni mucho menos te ha pagado) por tu entrega hasta la muerte… una institución así está enferma de muerte.
Pero no todo ha sido malo, tus compañeros claretianos han respondido al final con generosidad, como ha hecho Manuel Borges, de la comunidad del Ferrol, que te ofreció la unción de los enfermos.

Lo siento, Agustín, tú no te atrevías a decir lo que yo digo…

porque eras demasiado bueno, pero ahora (ya en el cielo del Cristo Pascual), tras tu dura cuaresma, sabes que es así. Como grupo, los encargados romanos de las “dispensas” no creen ni en Dios ni en las personas (ni en el valor de la Iglesia a la que dicen representar), pues si creyeran tratarían directamente cada caso, persona a persona, habrían venido a verte, tratarían contigo…

Ellos tienen su Derecho (¡no el buen Derecho Canónico!)… y representan el poder, y tú, como persona concreta (como Agustín), no les has importado. Eso significa que no creen, pues ponen su ley por encima de las personas, por encima de la vida profunda de la Iglesia, que ha de ser comunión de personas. Tú, en cambio, has creído, has muerto creyendo en ellos, pensando que no podías comulgar de esa manera, mientras no hablaran contigo y te dieran el “papel”.

Descansa en paz, Agustín, y sigue creyendo desde tu cielo, es decir, abriendo como Jesús un camino de Pascua para aquellos que te hemos querido, y que ahora, sólo ahora, descubrimos lo que nos falta con tu ida. Tampoco Jesús tenía los “papeles” arreglados cuando le mataron.

No has muerto tú, está muriendo una Iglesia (¡no la Iglesia!)

No has muerto tú, tú vives, porque has sembrado vida, con la Vida de Jesús. La que ha muerto (está muriendo sin remedio) es un tipo de iglesia que no da la cara, es decir, que no se ha puesto en contacto personal contigo, que no te ha llamado para hablar, que no te ha ofrecido comunión, a ti que has sido siempre un hombre de comunión abierta, incluso con aquellos que te han calumniado, que han dudado de tu honradez… Jesús era contacto directo, era palabra íntima, de persona a persona, como tú has sido siempre… Por eso tú ha sido y eres Iglesia verdadera.

Pero hay una Iglesia oficial que es otra cosa. Tú mandaste un papel, una petición de dispensa, diciendo que querías ser cristiano de pueblo (es decir, laico), exponiendo tu caso, pidiendo un lugar en esta iglesia… y no te han respondido. Es como si tu petición hubiera caído en saco roto, en un pozo sin fondo, donde por no haber no hay siquiera eco. Así han pasado los años, y en ese tiempo has muerto.

Estas cosas (morir sin haber recibido un gesto humano de comunión) no pasan ni en la más dura cárcel, pues cuando un preso va a morir lo dejan ir a casa, para que descanse al fin en comunión con los suyos. A ti te han tenido como preso, después de haber hecho bien las cosas, y te han dejado morir, sin acogerte en la casa que administran ellos (unos “ellos” sin nombre), de manera que quizá, por equivocación, estará llegando la “dispensa” (no la palabra de amor y agradecimiento), ahora que estás en la tumba de la resurrección.

Pero no has muerto solo, Agustín

Has muerto sin comunión externa de la Gran Iglesia, pero has muerto en amor con Dios y con la gente, con tu parroquia personal… Has muerto cerca de tu mujer, y de los hijos de ella (¡que han sido tuyos, no tus hijastros!), has muerto rodeado del amor y la admiración agradecida de muchos amigos, de tus hermanos de carne…. Y de tus hermanos claretianos, recuperados y agradecidos al fin, pues te han acompañado en la enfermedad como lo que son de verdad, misioneros, hermanos (a pesar de los recelos de algunos).

Sabrás desde tu cielo que ha venido a bendecir tu memoria y tu tumba el hermano provincial de los claretianos (gracias, Camargo), con otros muchos compañeros, para compartir la eucaristía de la vida, contigo, alguien a quien en Roma habían negado la otra eucaristía de la comunión oficial. Muchos te decían “comulga” (recibe la comunión), pero tú no querías hacerlo mientras hubiera un tipo de oscuridad en tu Iglesia, y así has muerto, ofreciendo tu vida para que ella, la Iglesia, pudiera ser limpia, transparente.

Has muerto un domingo de Cuaresma de la Iglesia, pero tu vida ha siso y sigue siendo ya para siempre Domingo de Pascua. Adiós, Agustín. Gracias por haber sido quien has sido, pide desde el cielo por tu gente, tu mujer, tus hijos, tus amigos, por los claretianos, por tu pueblo de Ferrol, y por tu Iglesia. Un abrazo, viejo amigo, por ti sé que mis años de profesor no han sido en vano.

Postdata

No sé muchos datos más de Agustín. Por eso ruego a sus amigos que envíen comentarios… Si alguno quiere escribir una semblanza suya puede enviármela a mi correo particular.

Desde aquí agradezco a la familia de Agustín, por lo que él ha sido. Acompaño en el dolor y en la esperanza a su esposa y a sus hijos, y a los claretianos les deseo tiempos nuevos de fidelidad eclesial.


http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2012/03/10/agustin-villamor-luz-clara-en-una-iglesi

domingo, 11 de marzo de 2012

Agustín villamor: un testigo de Cristo


En este segundo domingo de cuaresma de marzo del 2012 después de una enfermedad larga y de sufrimiento, pero que siempre llevó con una paz que incluso nos transmitió a todos en una breve instancia en el hospital Arquitecto Marcide de Ferrol se presentó ante el Señor tranquilo y esperanzado este incansable misionero y luchador: Agustín Villamor Herrero.

Sus compañeros claretianos, familiares y amigos acreditaron el afecto a su persona y el agradecimiento al Señor por regalarnos un amigo como Agustín.

Agustín fue un hombre especial, de constitución física menuda y de apariencia débil, pero con una bien equilibrada cabeza. Todos recurríamos a él cuando teníamos algún problema y él siempre tenía alguna solución.

Agustín escuchó el clamor de los pobres y respondió lo más ajustadamente que supo marchándose de misionero al Perú. El amor cristiano no se deja entrampar por el egoísmo o por el ocio y tiene una vocación de servicio. Son los señores de este mundo los que quieren dominar y ser servidos, mientras que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida por los demás (Mt 20, 25-26).

La creación de un nuevo cielo supone lograr la presencia de Dios entre los hombres, lo cual permite transformar la vieja Babilonia en la nueva Jerusalén.

Cuanto más he conocido a Agustín, más llegué a la convicción de que el servir a los pobres de Perú fue que este servicio es lo que dio ultimidad a su vida. Comentábamos con su esposa Maca que sin la selva de Perú no sería Agustín….

Agustín fue un hombre magnánimo (grande de corazón) ciertamente, los santos fueron todos magnánimos y todas las personas que pasaron por la vida de la Iglesia abriendo caminos y dejando una huella profunda es porque fueron magnánimos.

Toda su vida estuvo llena de hechos de la más auténtica grandeza de corazón. La magnanimidad debería ser la virtud de nuestro tiempo, porque es la que hace mover las cosas grandes y la que nos hace seguir las huellas de Jesús que murió perdonando a los que le mataron. Solamente los magnánimos como Agustín llegan a la auténtica y verdadera vida Espiritual porque son los que le dan todo a Dios.

Los magnánimos como Agustín se pueden reconocer muy bien porque están siempre disponibles cuando les necesitamos y siempre nos ayudan a resolver situaciones difíciles creando optimismo y esperanza. Cuando se les pide algo siempre responden sí. Son un oasis en medio del mundo en el que vivimos.

Agustín fue un gran creyente, un hombre de corazón limpio como el de las bienaventuranzas de Mateo. ¡Que buen recuerdo tendrán de él los de la selva de Perú a donde fue de misionero entregando su vida y su salud!

Recuerdo muy bien nuestras conversaciones cuando paseábamos por la laguna de Valdoviño y por los montes de el Val. Su inteligencia me impacto, pero lo que más me impactó fue cuando me hablaba de los más pobres y necesitados haciéndome recordar que predicar la cruz a los crucificados es convertirse en uno de ellos.

Lo fundamental que me ha dejado Agustín es que nada hay más esencial que el ejercicio de la misericordia y nada más humano y humanizante que la fe.

Siempre recordaré su capacidad de entrega, siempre gratuita, pero lo que más recuerdo fue el amor que él nos transmitía y a través de su amor los que le conocimos pudimos conocer más a Dios, porque todo aquel que ama nació de Dios y conoce a Dios.Hay una frase que Martin Luther King escribía sobre el bien y el mal dice así:

“Tendremos que arrepentirnos en esta generación no simplemente por las palabras y acciones llenas de odio de las personas malas sino por el espantoso silencio de las personas buenas”.

El amor no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad. 1 Corintios 13:6

Agustín no podía callarse ante la injusticia

La paciencia y la fe que Agustín nos mostró a todos en medio de su enfermedad fue un auténtico testimonio. Las pruebas son inevitables y además necesarias para todos los que creemos en Cristo. Agustín en medio de la prueba dio testimonio en quien había confiado y en quien había creído mostrándonos que el buen testimonio trae como consecuencia, que Dios puede hacer con nosotros lo que le parezca y utilizándonos como el quiera, como el alfarero hace con el barro.

¿Quién puede subir al monte del señor, entrar en su vida, en su Santuario? El hombre de de manos inocentes y de corazón puro.

Sé que no todo terminó aquí, porque si nuestra esperanza en Cristo se limitara a los límites de nuestra vida seríamos los más dignos de compasión de todos los hombres.

Gracias Dios mío por el regalo de este amigo y hermano en la fe.

Gracias, Agustín, amigo; “compañero del alma, compañero”, que diría Miguel Hernandez.

José Carlos Enríquez Díaz

viernes, 9 de marzo de 2012

Agustín Villamor Herrero: un siervo de Dios



Agustín era de una coherencia total en su ser y en su saber estar, siempre dialogante, pero siempre critico. Con la injusticia nunca practicaría. Buenos disgustos le proporciono, incluidos los de los “amigos” esta radicalidad parece que no gustaba a algunos y de hecho hoy apareció un comentario anónimo en mi blog que he decidido publicar porque me parece muy acertado pues Agustín ha sido un siervo de Dios.


A través de las Escrituras vemos que los autores del Nuevo Testamento usan frases para referirse a ellos como “siervo de Dios”, “siervo del Señor” y “siervo de Jesucristo” alternativamente.
Pablo, por ejemplo, se llama a sí mismo “siervo de Jesucristo” en Romanos 1:1 y “siervo de Dios” en Tito 1:1. Santiago hace lo mismo en la apertura de su carta a los judíos, presentándose como siervo de Dios y del Señor Jesucristo. Lo mismo hacen Pedro y Judas en las primeras líneas de sus epístolas.


No sólo los apóstoles son llamados a ser siervos de Dios y de Jesucristo, todos los cristianos somos llamados a ser siervos de Dios. En Romanos 6:22, el apóstol Pablo nos dice que los cristianos hemos sido liberados del pecado y hechos siervos de Dios. El apóstol Pedro nos insta, en su primera epístola a que vivamos como libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios (1 P. 2:16). Ser siervo y ser libre al mismo tiempo, interesante el concepto.
definición de “siervo” :


El siervo de Dios es aquella persona que está dispuesta a:
* hacer lo que Dios pida
* cuando El lo pida
* donde El lo pida
* no importa lo que El pida


La palabra siervo significa esclavo (doulos). Describe a alguien que está sujeto a la voluntad de su Señor, y totalmente a la disposición de él.
Al usar este término para describirse, los apóstoles están expresando su absoluta devoción y sujeción a Cristo, están expresando su actitud de absoluta obediencia hacia Cristo, algo a lo que no sólo los apóstoles fueron llamados, reitero, sino todos los que somos de Cristo. Es esa obediencia incondicional la que nos va habilitar para ser siervos efectivos.
Esa obediencia comienza en nuestras vidas cuando renunciamos a otros “señores”, nos identificamos con Cristo, descubrimos en la Escritura cuál es su voluntad, vivimos de acuerdo a ella, y conscientemente nos alejamos de intereses que son contrarios a la voluntad de Dios, aún y cuando estos intereses (gustos, hábitos, preferencias o tendencias) hayan sido importantes para nosotros en el pasado. Escuchémos a Pablo exhortando a los romanos a vivir esa vida de obediencia que Cristo demanda de nosotros:


“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional [lo que corresponde]. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Romanos 12:1-2


Después de dejar claro lo que es un siervo de Dios les dejo con el comentario anónimo que he recibido esta noche:





La ira de Dios caerá sobre los calumniadores y mal hechores de Agustín; ellos saben quienes son...

No toquéis a mis ungidos, ni hagáis mal a mis profetas. 1 Crónicas 16:22; salmo 105:15.

¡La calidad en nuestra vida y ministerio es de una importancia fundamental! El deseo de Dios no es que haya muchos y malos, tampoco pocos y buenos; Él quiere muchos y buenos.
He leído muchas veces, en las torres de alta tensión, un cartel que dice: “PELIGRO DE MUERTE: ALTO VOLTAJE”. Esto mismo debieran de leer algunos con respeto a la unción que Dios ha puesto en los hombres que él usa. Todos podemos servir a Dios, pero no todos tenemos el mismo rango en el reino del Padre. En cuanto a la salvación, el precio pagado por Cristo es el mismo para todos, pero en cuanto al servicio, hay rangos diferentes. Aquí no es cuestión de diferencia de personas, sino de autoridad (unción) para el servicio. En el cuerpo de Cristo funcionan muchos dones y capacidades. Sin embargo, hay que diferenciar a los dones de los ministerios.
A Moisés le fue ordenado poner un velo sobre su rostro para que los hijos de Israel no pusieran los ojos en él, pues la gloria de Dios se reflejaba en su rostro. Sé que no debemos atribuirle un valor excesivo, pero si Dios no perdonó a aquel rey afgano que profanó los vasos sagrados del santuario, ¡Cunato más a nosotros si tocamos los vasos que sirven en lo que es perfecto!

jueves, 8 de marzo de 2012

Agustín Villamor Herrero



Agustín Villamor Herrero

Ha partido a la presencia de su Rey y Salvador, un hombre que tuvo la brillante revelación del amor de Dios y la aprovechó para dedicar 10 años de su vida como misionero en la selva de Perú sirviendo a los más necesitados.

Fue un verdadero siervo de Dios y profeta que ajustó su vida a la Palabra de Dios. Un ejemplo de un hombre que forjó su carácter siguiendo el ejemplo de nuestro Señor y Salvador.

Agustín ha pasado por peligros reales y conscientes en la selva de Perú, pero su compañero siempre fue el Padre Dios, tierno y amoroso, que nos alienta a todos con su Espíritu y que se nos reveló en Cristo metido en lo más profundo de la humanidad.

Los ojos y el corazón de Agustín destilaban limpieza. Era un hombre sin dobleces. En él podías confiar. No aceptaba excusas, cuando descubría situaciones injustas.

La vida de Agustín fue una vida corta, pero plena de sentido y de bondad.

Recordando las palabras de Aristóteles: “Es esa la batalla genuina y particular de los hombres; la percepción del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, eso es lo que nos hace genuinamente humanos y nos diferencia de otras especies animales”

Su humildad me fascinó; su visión me retó. Agustín ha sido un hombre que nos ha demostrado a los que le rodeábamos que Dios es capaz de hacer con alguien que se consagre plenamente a Él.

Para mí fue el Señor elegido de las cartas de Juan por denunciar a los falsos profetas y maestros y que permaneció firme en la fe como una verdadera oveja del rebaño.

Ahora su voz se escuchará más que antes; nos deja un legado profético a aquellos que admirábamos su franqueza y su fidelidad a la verdad.

Que el Señor bendiga y conforte a su familia. Shalom a su mujer y a sus hijos.

¡Que Dios nos inquiete lo suficiente como para no dejar ese hueco vacío!

José Carlos Enríquez Díaz