sábado, 25 de marzo de 2017

Los milagros de Jesús




 
Algunos estudiosos consideran carente de importancia que Jesús obrara milagros. Según ellos, sabemos con certeza que la Iglesia primitiva narraba milagros de Jesús como medio de manifestar su persona y obra, pero desconocemos si tales prodigios sucedieron históricamente. Es más, tampoco es necesario probarlo –dicen-, pues la fe cristiana se basa en la predicación de la fe apostólica, no en la historicidad de los relatos de milagros que contienen los evangelios. Esta renuncia a la investigación histórica sobre los milagros contradice la esencia del anuncio cristiano, pues la Buena Nueva que anuncian los predicadores cristianos no consiste en un enunciado de verdades religiosas abstractas, como los que tenemos en otras religiones, sino en la proclamación que Dios ha hecho hombre a Jesús de Nazaret y ha realizado la salvación de los hombres a través de su muerte y resurrección.

Es cierto que no podemos probar con los medios de investigación histórica que dios nos ha redimido en la vida, pasión y muerte de Jesús de Nazaret; la aceptación de esta verdad pertenecerá siempre a la decisión de la fe. Pero la índole histórica de la fe cristiana nos autoriza a preguntarnos por la historia de Jesús, por las que de verdad hizo y enseñó.

La característica esencial del cristianismo es que Dios se manifestó en la historia, estableció un dialogo con el hombre a través de la humanidad de Jesús de Nazaret.

Una de las razones para rechazar la historicidad de los milagros evangélicos es el parecido de éstos con las leyendas que encontramos en torno a otros fundadores de religiones o figuras destacadas en ellas. Sin embargo, es un grave error deducir unas conclusiones categóricas  sobre la historicidad apoyándose en el parentesco formal, muchas veces superficial, entre los evangelios y las narraciones de otros ámbitos culturales y religiosos.  En realidad, la verdadera dificultad de estos estudiosos proviene de su prejuicio filosófico: la razón humana no puede admitir los milagros, porque lo milagroso es imposible en un mundo sometido a rígidas leyes físicas; los milagros son científicamente imposibles.

¿Cómo explicar entonces la presencia de estos relatos en los evangelios?

Las explicaciones ofrecidas por estos estudiosos que afirman la imposibilidad de los milagros pueden reducirse  a dos: la racionalista y la mítica o legendaria. Según la interpretación racionalista, tras los relatos de los evangelios se esconden hechos que en el origen no tienen nada de prodigioso. En la multiplicación de los panes, por ejemplo, lo que sucedió fue que los apóstoles convencieron a un muchacho, que llevaba cinco panecillos de cebada y dos peces, para que repartiera sus provisiones con otros; el ejemplo cundió, y los demás repartieron también sus provisiones, hasta que la multitud se sació. Esta interpretación racionalista introduce en el texto evangélico una serie de cosas que no dice o lo manipula caprichosamente.

La mejor crítica que se puede hacer a esta hipótesis es el estudio científico de los documentos históricos que tenemos.

Flavio Josefo, en su obra Antigüedades Judías transmite una información sobre Jesús; este pasaje se ha denominado Testimonio flaviano. En él se pueden leer algunas frases cristianas que pertenecen a este historiador: “por este tiempo vivió Jesús, un hombre sabio, si se puede llamar hombre. Fue autor de obras increíbles que acogen la verdad con placer...”

En la actualidad la mayoría de los estudiosos, teniendo en cuenta las versiones árabe, sirica y latina, consideran autentica la referencia a Jesús, pero no en los términos que nos han llegado. En cualquier caso, los estudiosos están de acuerdo en reconocer como original la mención de las obras prodigiosas realizadas por Jesús. Es decir, que según el testimonio de Flavio Josefo, Jesús realizó milagros.

El Talmud de Babilonia.

Una fuente histórica que realmente es independiente de los documentos cristianos es el Talmud de babilonia. En él se recoge una tradición muy antigua, conservada en el tratado Sanhedrín. El texto subraya que Jesús fue condenado según la ley, al atribuírsele delitos sancionados duramente por la ley mosaica. Fue considerado un hechicero, un seductor, una persona que practicaba la magia y engañaba al pueblo (Mekshsehef).

Como es fácil observar, las acusaciones contra Jesús transmitidas en el Talmud son las mismas que aparecen en el Nuevo Testamento. En la disputa con los fariseos a causa de los milagros realizados por Jesús, Mateo refiere la siguiente acusación: “pero los fariseos al oírlo dijeron: este expulsa los demonios con el poder de Belzebú, príncipe de los demonios” (Mt 12, 24). En cuanto a los cargos presentados delante del tribunal de Pilato, los evangelios son muy explícitos; quizá que sea Lucas el que más los detalla: “y se pusieron a acusarlo diciendo: hemos encontrado que éste, anda amotinando a nuestra nación y oponiéndose a que paguen tributos al cesar, y diciendo que es el Mesías rey (Lc 23, 2.5). Los verbos griegos usados por Lucas son reminiscencia del lenguaje judío recogido en el Talmud, pues ambos verbos traducen en los LXX el verbo hebreo que significa “incitar a la rebelión”, pervertir.

Por su parte Marcos y Mateo señalan con claridad que los motivos tenían que ver con una transgresión a la ley mosaica.

Por tanto el Sanhedrín tenía motivos para condenar a Jesús a muerte, pues así lo manda la ley de Moises.

Los judíos atribuyen la muerte de Jesús, pues al ser considerado un blasfemo y herético, un maldito de Dios, había que aplicarle todo el peso de la ley.

Pero detengámonos  en uno de los delitos por los que fue condenado por el tribunal del sanedrín: “ha practicado la hechicería” cómo hemos visto, aquí se usa una fórmula muy semejante a la utilizada en los evangelios por los adversarios de Jesús, cuando le acusan de pacto con Belcebú (Mc 3,22; Mt 12, 24, 27). Es decir, los fariseos y los defensores de la ley mosaica consideraban que los prodigios extraordinarios realizados por Jesús conducían a los hombres lejos de Dios, los introducían en la desobediencia de la ley.

Pero diciendo que Jesús practicó la hechicería o tuvo pacto con Balcebú se está reconociendo que realizó obras que llaman la atención por su carácter extraordinario. Los discípulos de Jesús vieron en ellas milagros auténticos; sus adversarios las consideraban obras de hechicería. Ahora bien, el dato de que tales obras no se nieguen, sino que se interpreten simplemente de diferente manera, es prueba de la historicidad de tales obras prodigiosas. El hecho era tan real y conocido que los adversarios de Jesús y el cristianismo naciente no podían negarlo, sino solamente interpretarlo de modo distinto. Si los relatos evangélicos fueran creación de la comunidad cristiana sin fundamento histórico, como sostiene cierta crítica moderna. La tradición judía seguramente no hablaría de práctica de hechicería, sino de falsa milagrería inventada por sus seguidores.

EL TESTIMONIO DE LOS EVANGELIOS.

Hay estudiosos que consideran los relatos evangélicos inservibles para poder probar la historicidad de los milagros ya que fueron redactados por hombres que siguieron a Jesús; habría que considerar estos testimonios sospechosos de parcialidad. En realidad, la inmensa mayoría de los testimonios pueden ser acusados de parcialidad; también el de un adversario, pues transmitía los hechos desde una versión contraria o negativa, pero como acabamos de ver,  todas las fuentes sean escritas por los adversarios o por los seguidores de Jesús, pueden servirnos para reconstruir la verdad histórica. La única condición exigida es utilizarla críticamente. Por tanto, también los evangelios, valorados según los criterios de la ciencia histórica, pueden ser útiles para acercarnos al acontecimiento.

Si tenemos en cuenta las diferentes fuentes que los estudiosos han identificado en nuestros evangelios, cuatro de ellas testimonian que Jesús realizó milagros. El evangelio de Marcos narra doce curaciones milagrosas y una resurrección; contiene también cuatro sumarios que dicen que Jesús curó a muchos enfermos y alude en cuatro ocasiones milagros y exorcismos. La fuente común de mateo y Lucas, la llamada fuente Q recoge también un relato de curación milagrosa y tres dichos de Jesús que hablan de curaciones y exorcismos.

Por lo que se refiere al evangelio de Juan, de los veintinueve relatos de milagros que contienen los sinópticos, ofrece solamente tres: la curación del hijo del oficial, la multiplicación de los panes y Jesús caminado sobre las aguas.

En una primera impresión parece que se deba considerar estas narraciones de los evangelios como el mejor testimonio de la historicidad de los milagros de Jesús. La crítica histórica, no obstante prefiere fijar su atención en algunos dichos de Jesús que hacen referencia a ellos. La razón es clara: si estos dichos fueron pronunciados realmente por Jesús es decir, son auténticos, serian una prueba de primera mano sobre la historicidad de los milagros.

¿Cómo podemos tener la seguridad de que Jesús pronunció realmente estas palabras?

La certeza nos viene por los principales criterios de autenticidad. El criterio de atestación múltiple sostiene que hay fuertes motivos para pensar que se trata de un relato de gran garantía histórica cuando nos ha llegado en varias fuentes. De esta sentencia de Jesús hay testimonio en Marcos y en la fuente común de Mateo y Lucas, ambas escritos de una gran antigüedad.

Según el criterio de discontinuidad, se puede considerar autentico un dicho de Jesús cuando constituye una novedad dentro del judaísmo por el lenguaje o las ideas, y al mismo tiempo refleja la fe de la Iglesia primitiva. Aplicando este criterio al dicho que estamos estudiando, el resultado no puede ser más satisfactorio. La discontinuidad con el judaísmo se hace presente en le modo que Jesús tiene de hablar del reino de dios como una realidad que se ha hecho presenta ya entre los hombres; los escritos judíos hablan siempre del Reino de Dios como una realidad futura.

Por último no hay que olvidar que aquí tenemos unas palabras que son respuesta de Jesús a la acusación de tener pacto con Balzebú: Es impensable que los primeros cristianos inventaran semejante acusación contra su Señor. Atendiendo al criterio de dificultad, esta característica avala su autenticidad.

Una conclusión se impone: este dicho de Jesús de cuya autenticidad resulta muy difícil dudar, supone necesariamente la realidad de sus exorcismos y curaciones milagrosas.

Por regla general, los fundadores de las religiones han sido revestidos con la aureola del milagro. Algunos estudiosos han supuesto que los relatos de los milagros recogidos en los evangelios tiene también esta finalidad. Es más, consideran que fueron inventados por los primeros cristianos para presentar a Jesús de Nazaret con los mismos poderes que se solían atribuir en el mundo helénico a los dioses y hombres divinizados.

La semejanza que destacan estos estudiosos es fácil de explicar: El modo de narrar un milagro es siempre el mismo. El esquema narrativo no solo aparece en los relatos de la antigüedad sino también en las narraciones actuales que testimonian estos hechos extraordinarios. Dicho esquema tiene tres partes; introducción, curación y demostración de la misma, no hay otra forma de narrar un milagro.

Originalidad de los relatos evangélicos.

Sin embargo, cuando se comparan los relatos evangélicos de milagros con otros relatos helenísticos, observamos profundas diferencias entre ellos, a pesar del parecido de la forma.

Comencemos por señalar una diferencia muy importante: los milagros que en el mundo griego se atribuyen a dioses u hombres dotados de poderes divinos son un modo de exaltar al dios o la hombre que los realiza; en los evangelios, los milagros de Jesús están presentados como una perspectiva totalmente distinta, pues se les considera signos del reino de Dios. Esta es una característica desconocida en el mundo griego y propio de la tradición judía.

En cuanto al contenido del relato, no sólo llama la atención el realismo y la gran sobriedad de las narraciones evangélicas en comparación con la fantasía de gran parte de las helenísticas, sino también la presencia de elementos propios, características del mundo judío o motivos específicamente cristianos, es decir, datos no procedentes del ambiente literario y religioso pagano. Así, en buena parte de ellos, se reclama explícitamente la fe en Jesús para que se realice la acción milagrosa.

De igual modo, con frecuencia el mismo Jesús indica a Dios Padre como origen del don del milagro y, por tanto, a Él hay que alabar y agradecer el beneficio recibido.

Por lo demás, el contexto de polémica con la autoridad judía a causa de que Jesús realiza milagros también en sábado es un rasgo propio de relatos evangélicos. Por añadidura, el fuerte colorido arameo de numerosos relatos de milagros delata una primera narración fijada en arameo. Quien niegue la historicidad de los milagros de Jesús deberá dar una interpretación razonable de la existencia de estas narraciones con sus peculiaridades y características propias del mundo helenístico, y sobre todo tendrá que afrontar la enorme dificultad de explicar el origen de los dichos de Jesús recogidos en los evangelios que aluden a exorcismos y curaciones milagrosas. Estamos bañados, sobre todo desde hace siglos, en una atmosfera de racionalismo; respiramos el determinismo y el cientifismo en el aire de nuestras escuelas; para muchos hombres modernos, el “progreso” ha consistido en eliminar lo sobrenatural so pretexto de vencer la superstición.


Significado de los milagros.

Los relatos evangélicos presentan los milagros como signos del reino de Dios que Jesús predica, son acciones que hacen presentes los bienes prometidos por dios a los hombres. Tienen pues, una carga simbólica que los asemeja a las acciones simbólicas de los profetas del Antiguo Testamento.

Pues al igual que las acciones simbólicas del antiguo Testamento estaban al servicio de sus predicaciones y advertencias proféticas, los milagros de Jesús aparecen en los evangelios como acciones simbólicas al servicio de su anuncio del reino de Dios. Jesús atribuye sus exorcismos y curaciones milagrosas al poder de Dios; es decir, es Dios mismo quien actúa a través suyo. Ye estas obras milagrosas, realizadas en beneficio de los hombres  más necesitados, son el signo de que el reino de Dios anuncia que anuncia en su predicación ha llegado ya.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Señor Manuel Regal: El sacerdocio no es un oficio



Manuel Regal utiliza para su artículo en Religión digital el argumento de una mujer de aldea:
http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2017/03/22/religion-iglesia-opinion-manuel-regal-la-gracia-o-no-de-ser-mujer-christina-moreira-mujer-sacerdote-ordenacion-mujeres-ordinatio-sacerdotalis.shtml
"A mí me da igual que el médico sea hombre o mujer, que el profesor de nuestros hijos sea hombre o mujer, que el veterinario sea hombre o mujer; yo lo que quiero es que sea buena persona y que cumpla bien su oficio".
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Hay hombres ordenados sacerdotes que pueden trabajar en tareas diversas: profesores, servicios administrativos de la iglesia, o ejercer profesiones civiles. La mayor parte de los sacerdotes ejercen lo que desde antiguo se llamaba “la cura de almas”, es decir, que nos dedicamos al ministerio pastoral directo básicamente en parroquias. 
Sentir pasión por el Evangelio es posible porque el Evangelio no es primariamente un mensaje, un conjunto de ideas encomiables, sino fundamentalmente una persona, Cristo, el Hijo de Dios, que nos ha invitado a la conversión y a creer en el Evangelio (Mc 3,14).
La vocación afecta a nuestra identidad profunda, dice quiénes somos en realidad, más allá de toda apariencia. De este modo, podemos decir que el sacerdocio es una profesión en la medida que el sacerdote “hace” cosas, desempeña diversas funciones, pero con eso no está dicho todo. Lo que verdaderamente define al sacerdocio es su carácter vocacional; es decir, el hecho de que se trata de un proyecto de vida que exige una determinación espiritual (una respuesta a una llamada), que afecta a todas las dimensiones de la vida (corpórea, afectiva, intelectual, etc.), que pide exclusividad, entrega y fidelidad absolutas, y que es animado por una pasión: la pasión por el Evangelio. Exige exclusividad, entrega absoluta.
El sacerdocio es una profesión a la que se llega, o se debe llegar, sólo por vocación. Y se nota. No es igual ordenarse sacerdote porque así lo quisieron las circunstancias y ejercer el sacerdocio como un funcionario cualquiera cumple con su cometido, que ordenarse por auténtica vocación y dar la vida ilusionado por la gente y por la Iglesia.
Una Profesión señor Regal, se refiere a una actividad externa, se determina en función de los gustos, las cualidades y las posibilidades,  pone en funcionamiento la dimensión creativa-generativa, remunerado, puede cambiar, pide disciplina y dedicación.
Una vocación Tiene que ver con el interior de la persona, exige una determinación espiritual,  ponen en funcionamiento todas las dimensiones de la vida: afectiva, de la existencia racional, creativa, etc., Gratuito, Permanece.
En el Documento del Concilio Vaticano II llamado "Presbiterorum Ordinis", se describe la misión del sacerdote: "Los sacerdotes contribuyen, a un tiempo, al aumento de la gloria de Dios y a que progresen los hombres en la Vida Divina" (P.O.2).
"Los presbíteros, tomados de entre los hombres para las cosas que miran a Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados, viven entre los demás hombres como entre hermanos" (P.O.3).
"Por su vocación y ordenación, los presbíteros de la Nueva Alianza son ciertamente separados en el seno del Pueblo de Dios, no para alejarse de él, ni de cualquier hombre, sino para que puedan consagrarse totalmente a la obra a la que el Señor los llamó" (P.O.3).
En el caso de Saulo aparece más vivamente el estrecho lazo que existe entre bautismo y vocación. Por el bautismo Dios se adueña de una alma para llenarla de su vida divina; por la vocación quiere adueñarse de ella mucho más, llevando hasta lo máximo esta posesión.
Para que Pablo pudiera realizar lo que le pide el Señor, deberá recibir la luz y la fortaleza de lo alto, "ser lleno del Espíritu Santo". Como en él, conversión y vocación coinciden; la gracia que necesita le es dada por el bautismo.

El bautismo inauguró la vida de Pablo "en Cristo", vida de fe y de amor. En virtud de la vocación Pablo se entregó totalmente a Cristo que entraba en su alma; se puso a vivir únicamente por Él: la fe y la caridad alcanzaron su más grande dimensión en la total consagración a su misión apostólica.
Hoy se valora poco la salvación, la gracia, los sacramentos, la acción de Dios en las almas. Como consecuencia, difícilmente se valorará el ministerio de alguien que se dedica a la «cura de las almas», es decir, a su cuidado, dirección y acompañamiento.
Sólo quienes aprecian el hecho de que Cristo ha querido quedarse entre nosotros en la persona misma de quienes tienen autoridad para actuar en su nombre, valoran el misterio que llevamos en nuestros «vasos de barro» y firmarían las palabras de un conversa francesa, Madeleine Delbrel, que salió del ateísmo gracias a la ayuda de algunos sacerdotes, y decía: «La ausencia de un verdadero sacerdote en una vida es una miseria sin nombre; es la única miseria».
 
 
 
 

viernes, 24 de marzo de 2017

La resurrección de Jesús



 

Los evangelios incluyen entre los milagros varias resurrecciones de muertos: la hija de Jairo (Mc 5,22- 24. 35-43), el hijo de la viuda de Naím (Lc 7,11-15) y Lázaro (Jn 11, 1-44). En todos estos casos el relato evangélico, mediante algún detalle de la narración, expresa con claridad que se trata de una vuelta a esta vida temporal y, por tanto, sometida de nuevo a la muerte. La resurrección de Jesús, ¿es de la misma categoría? Ciertamente, no, si nos atenemos a las expresiones que usan los autores del Nuevo testamento para referirse a ella; estamos ante un hecho único en la historia.

Con frecuencia lo denominan exaltación o glorificación; también hablan de sentarse a la diestra del Padre, ser constituido Señor  de cielo y tierra, poseer la vida inmortal etc. Todo ello nos está indicando que Jesús no vuelve a la vida de antes de su crucifixión; no se trata de una reanudación de la vida mortal, como sucede en aquellos que se beneficia de su poder de hacer resurgir los muertos. Jesús, después de resucitar, ya no pertenece a este mundo, entra en el más allá.

Esto significa que el mismo acontecimiento de la resurrección de Jesús es un hecho real, pero por ser transcendente no puede ser objeto de investigación histórica. En sí mismo es inalcanzable para el ser humano. De hecho los evangelistas no narran el acontecimiento de la resurrección, aluden solamente al hallazgo del sepulcro vacío y las apariciones; el acontecimiento en sí mismo permanece en el misterio. Es más, la resurrección de Jesús no es un hecho verificable por cualquiera, es decir, no basta tener ojos y oídos para llegar a ser testigo de su resurrección. Este hecho excede al conocimiento común de los hombres.

El hombre no es capaz por sí mismo de descubrir y entender la naturaleza de ese hecho irrepetible. Sólo una revelación de Dios posibilita el conocimiento humano, como dice Hech 10, 40: “Pero si Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.”

Por tanto, lo que ocurrió en la resurrección de Jesús no se descubre con los medios del conocimiento natural, es algo que pertenece a la esfera de Dios y sólo puede ser conocido por testimonio y acogido por fe. Por ello, al reflexionar sobre la resurrección de Jesús encontramos ciertos límites que nos impiden hablar estrictamente. Entramos en un acontecimiento escatológico del que los testigos hablan de él.

Ahora bien, este evento ha tenido lugar en un hombre de esta historia; por tanto, necesariamente habrá dejado algunas huellas visibles. Estos indicios o fenómenos es lo único que puede estudiar el historiador justamente por suceder en nuestro mundo, por ser fenómenos empíricos, son accesibles a la investigación histórica; mientras que la resurrección de Jesús en sí misma, por ser un acontecimiento que pertenece al más allá, escapa a la lupa del historiador. “Que Jesús resucitado subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre” es una afirmación propia, no es un libro de historia, sino un credo. Pero al mismo tiempo, la resurrección de Jesús es una obra de Dios en la historia humana. El Jesús glorioso en que desde los apóstoles cree la Iglesia es el Jesús crucificado por sentencia de Poncio Pilato en tiempo del emperador Tiberio. Uno de los personajes de la historia que conocemos también por documentos históricos, los apóstoles dieron testimonio de que se les había aparecido después de su muerte y que unas mujeres piadosas encontraron su sepulcro vacío al tercer día.

Los principales testimonios sobre la resurrección de Jesús nos han llegado en los escritos del Nuevo Testamento. No obstante, alguna referencia o eco de este suceso se nos ha transmitido también en los escritos judíos concretamente en Flavio Josefo y en la literatura rabínica. Tenemos el testimonio de Flavio Josefo sobre Jesús recogido en las Antigüedades judías, conocido como Testimonio flaviano: “porque al tercer día se les apareció vivo, como habían vaticinado profetas enviados por Dios, que anunciaron muchas otras cosas maravillosas de él”


Es difícil encontrar textos de  la literatura rabínica tan explícitos como el que tenemos en Josefo. Sin embargo, no podemos olvidar que la base principal que tenía la Iglesia para afirmar la divinidad de Jesús en un ambiente hostil era el hecho de la resurrección. Una de las alusiones que aparece en el tratado Taanit 65b del talmud palestiniense. Otro texto que manifiesta también la pretensión divina de Jesús, considerada contraria a la fe judía por el Sanhedrín y los judíos que se opusieron al cristianismo, se haya en Pesiqta Rabbati 21, una colección de Midrashim sobre las lecturas del Pentateuco y los profetas realizadas en el siglo IX.

Por otra parte, podemos rastrear algunas huellas o fenómenos históricos que tienen su origen en el acontecimiento de la resurrección. En primer lugar tenemos la misma predicación apostólica sobre Jesús. Es necesario recordar que, para todo fiel judío, la condena del sanedrín significaba el juicio de Dios, por tanto, el tribunal supremo judío había expresado el juicio divino cuando condenó a Jesús como blasfemo, maldito de Dios. ¿Cómo es posible que un grupo de judíos no aceptaran como definitivo este juicio del Sanhedrín? Es más, ¿cómo es posible que aquellos hombres, inmediatamente después de la muerte de su Maestro, se atrevieran a predicar que la plenitud de la vida humana se concedía al seguidor de Jesús? En otras palabras, ¿Cómo se explica que propusieran públicamente a este condenado como el salvador de los hombres, como aquel que obtiene el perdón de los pecados y restablece la amistad con Dios? La única explicación posible es la resurrección de Jesús. Hecho inaudito que ellos consideran verdadero juicio divino: Dios, al resucitarlo, se ha manifestado de acuerdo con la pretensión de Jesús ya ha descalificado la condena del sanedrín. El acontecimiento sorprendente de la resurrección de Jesús es la única razón verdaderamente explicativa de la existencia de la predicación cristiana.
 

De igual modo, la existencia de la Iglesia, su permanencia en la historia, exige el hecho de la resurrección de Jesús. La iglesia se presenta en la historia ante todo como relación con Cristo vivo.


 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 22 de marzo de 2017

El sepulcro vacío


 


Según los relatos evangélicos, ni las mujeres ni los apóstoles interpretaron el dato del sepulcro vacío como prueba irrefutable de la resurrección. Baste recordar aquí la expresión utilizada por maría Magdalena cuando comunicó a los apóstoles el extraño descubrimiento que realizaron ella y sus compañeras al amanecer del primer día de la semana: “se han llevado del sepulcro al Señor” y no sabemos dónde lo han puesto (Jn 20,2).
La verdadera in tención de los evangelistas al narrar el suceso del hallazgo del sepulcro vació es informar lo que sucedió aquel día. Ateniéndonos a los relatos evangélicos, son muchos los indicios que van en esta dirección.
Según MC, 15, 42- 47 Jesús fue sepultado por José de Arimatea, “miembro ilustre del Sanhedrín”. Si estamos ante un relato inventado tardíamente, resulta sorprendente que se ofrezca un dato tan concreto, cuando el engaño forzosamente exigiría una información imprecisa, no fácil de constatar objetivamente. En la misma dirección va la tumba singular  de Jesús. Algunos estudiosos han considerado esta sepultura individual de Jesús como signo más del desconocimiento de las costumbres judías y, por tanto, un rasgo inequívoco de que el autor sagrado era un gentil de la segunda o tercera generación cristiana. Apelan estos especialistas a las normas judías que mandan enterrar a los ajusticiados en la sepultura común, como indica la Mishá. En este texto se dice: “ no se le enterrará en la sepultura de sus padres, sino que existían dos sepulturas que estaban dispuestas por el tribunal, una para decapitados y estrangulados, y otra para lapidados y quemados”. Por tanto,  sostienen estos autores Jesús debió de ser enterrado en esta sepultura común.
Los siete argumentos en pro y en contra que expone Gerd Theissén en su libro “El Jesús histórico” son los siguientes:
 
1º A favor: El mensaje de la resurrección no pudo ser difundido en Jerusalén si el cadáver de Jesús estaba en un sepulcro sin abrir. El éxito del mensaje pascual en Jerusalén es impensable sin el sepulcro vacío.
En contra: La fe en la resurrección no requiere el conocimiento de un sepulcro abierto. Herodes Antipas creyó, según MC 6,14, que Jesús era el Bautista redivivo que “había resucitado de entre los muertos” aunque el Bautista no fue enterrado por sus discípulos (6, 29). Al tratarse de un “retorno” a la vida terrena (no de la resurrección a la vida eterna), sería tanto más obvia en este caso la pregunta por el sepulcro. Además, Jesús mismo compartió la creencia de que los patriarcas de Israel – Abraham, Isaac y Jacob- estaban ya con Dios como resucitados (Mc 12 18); sin embargo, ya en tiempos de Jesús los sepulcros de los patriarcas eran venerados sin necesidad de creer que estuvieran vacíos El sepulcro de Abraham, en Hebrón,  fue protegido con un muro por Herodes el grande).
2 A favor: pablo en 1 Cor 15, 4 da un testimonio fiable sobre la sepultura de Jesús. Por la lógica de su fe en la resurrección, que contemplaba un cuerpo transfigurado y transformado, tuvo que presuponer un sepulcro vacío, aunque no lo diga expresamente. En términos generales cabe afirmar que la fe judía en una resurrección  corporal conduce necesariamente  - a diferencia de la fe greco-helenistica en la inmortalidad del alma- al supuesto de un sepulcro vacío.
        En contra: si la fe judía en la resurrección (y en particular la fe paulina) hace postular necesariamente un sepulcro vacío, la tradición del sepulcro vacío podría haber surgido de ese postulado y haberse expresado en una narración… sin apoyo en el hallazgo de un sepulcro vacío. Pero, al margen  de esto, la esperanza de Pablo y la del judaísmo en la resurrección son demasiado heterogéneas para tener que postular necesariamente que Pablo y otros judeocristianos creyeron en el sepulcro vacío. Según Fl 1,21, Pablo espera estar junto a cristo inmediatamente después de la muerte… al margen del destino de su cuerpo (Lc 23, 43). El judaísmo conocía la creencia de que los cuerpos de los difuntos descansaban en el sepulcro hasta el último día, mientras sus espíritus eran albergados ya en moradas celestiales ( Henet 22). Según Jub 23, 31, los muertos yacen bajo tierra mientras sus espíritus se alegran en dios. En ambos casos se trata de una resurrección futura, no de una resurrcción ya acontecida.
3 a favor: La acusación de que los discípulos habrían sustraído el cadaver de Jesús presupone la realidad de un sepulcro vacío. Lo discutido entre los adeptos y los adversarios del mensaje sobre la resurrección no es el hecho del sepulcro vacío, sino su interpretación.
En contra: Lo que se presupone no es el hecho de un sepulcro vacío, sino la afirmación de la existencia de ese hecho. Pero, aunque el EV Mt presuponga el hecho de un sepulcro vacío – sólo en él figura la acusación de robo del cadáver-, tal sepulcro no tendría por qué ser el de Jesús. En las inmediaciones del Gólgota había muchos sepulcros (dato demostrable arqueológicamente). Quizá no fueron ya utilizados después de haber servido el paraje como lugar de ejecución. El relato del sepulcro vacío podría  haberse apoyado en la existencia de uno de aquellos sepulcros vacíos y no utilizados… o incluso un sepulcro vacío allí presente pudo haber dado pie al relato.
4 a favor: El uso judío, bien atestiguado de venerar sepulcros de mártires y santos J Jeremías) habría hecho florecer el culto en torno al sepulcro de Jesús, si se conocía su sepulcro. Si el sepulcro estaba vacío y faltaba “el santo”, objeto de veneración, se explica que no surgiera el uso.
En contra: El lugar del milagro de la resurrección pudo haberse convertido en lugar de culto. Esta hipótesis ha sido defendida por algunos: el relato del sepulcro vacío dio origen  a una celebración anual junto al sepulcro de Jesús (L. Schenke cf supra 535). Al margen de tal hipótesis, hay que afirmar que la costumbre del sepelio secundario de los huesos tras la descomposición de la carne – costumbre que sólo existió en Jerusalén, y sólo en la época del Nuevo testamento- mal podría dar origen al nacimiento de un culto del sepulcro: ese “culto a las reliquias” no sólo se celebraría en torno al sepulcro, sino en torno a la urna que guardaba los huesos.
5 a favor: el EVaMc refiere que José de Arimatea dio sepultura al cuerpo de Jesús. El hallazgo del cuerpo de un crucificado en Giv’ at ha- Mivtar (al nordeste de la Jerusalén actual) indica la posibilidad de que el cadáver de un ajusticiado fuese entregado a los familiares (u otras personas afines) para que le dieran sepultura. Y si el sepulcro de Jesús era conocido, el mensaje de pascua podría ser desmentido en Jerusalén, de no haber estado vacío el sepulcro.
 
En contra: los que cuestionaban la tradición del sepulcro vacío tienden a cuestionar también el relato del sepelio por José de Arimatea. Hech 13, 29 contiene una tradición alternativa según la cual “los jerosolimitanos” (en plural) bajaron a Jesús del madero y lo sepultaron. Según Jn 19, 31. Son “los judíos” los que piden descolgar a tiempo a los crucificados ante el comienzo inminente del sábado. Posiblemente Jesús fue sepultado en el anonimato junto con los dos delincuentes crucificados, Nadie conoció su sepulcro exacto. El relato del sepelio habría surgido, entonces, de la demanda de los primeros cristianos, que  no soportaban la idea de que Jesús hubiera quedado sin una sepultura digna. Quiza pudieron tenr conocimiento de un sepulcro de José de Arimatea sin utilizar, cerca del lugar de la ejecución.
6 A favor: la tradición del sepulcro vacío es recogida en los diversos evangelios de modo tan contradictorio que se trata sin duda de tradiciones independientes entre sí, que se confirman recíprocamente: en Mc 16 el joven notifica que el cadáver de Jesús no está en el sepulcro, y sólo después las mujeres ven que el sepulcro está vacío. A diferencia de lo referido por Mt y Lc, ellas silencian el mensaje angélico. Pero, según Lc 24 las mujeres buscan primero sin éxito el cadáver de Jesús en el sepulcro, y sólo después dos varones les dan explicación del sepulcro vacío: el mensaje de la resurrección. Como el Ev Mt, ellas transmiten este mensaje.
En contra: Mc y Lc no difieren lo bastante para suponer unas tradiciones independientes entre sí. En particular, el silencio de las mujeres en Mc puede explicarse por razones apologéticas el miedo les impide decir nada sobre el descubrimiento del sepulcro vacío; así resulta plausible que durante mucho tiempo no se supiera nada del sepulcro vació. La historia del sepulcro surgió, según eso secundariamente. Mt y Lc rompen el silencio de las mujeres porque están ya familiarizados con la tradición. La pregunta de la replica es: en una “invención” secundaria del episodio del sepulcro, ¿ no se hubiera recurrido a varones con capacidad testimonial para difundir el hecho del sepulcro vacío? ¿ no estaba disponible en la tradición José de Arimatea.
7 A favor: El material arqueológico del “sepulcro” existente en la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén armoniza de modo más aleatorio con el material literario.
El sepulcro descubierto bajo Constantino no puede ser una “invención”. Fue hallado en medio de la ciudad bizantina, debajo de un templo de venus ligado a la fundación de Aelia Capitolia el año 136 d. C.. Los sepulcros estaban en la antigüedad fuera de la ciudad. Sin una tradición local antigua  sobre el sepulcro de Jesús, nadie hubiera buscado su sepulcro en medio de la ciudad.
En la época de Jesús, es muy probable que su sepulcro estuviera fuera de los muros de la ciudad. Fue Herodes agripa I quien hizo levantar, entre los años 41 y 44 d.C una “tercera muralla”, de forma que el Gólgota y el sepulcro quedaron incluidos dentro de las murallas. Por eso es probable que ya en el siglo I hubiera una tradición local que situaba el sepulcro en el lugar que hoy ocupa dentro de la Iglesia del Santo Sepulcro.
El sepulcro de la Iglesia del Santo Sepulcro es “nuevo”. Faltan los numerosos loculi adicionales que parten de la cámara principal. Se halla, además, Cerca del Gólgota, en una cantera abandonada que pudo servir de huerto. Todo esto se ajusta a Jn 19, 41. La tradición joánica propone un sepulcro al estilo que podemos contemplar hoy.
En contra: La coincidencia entre el material literario y arqueológico puede tener otra explicación: a la existencia de un sepulcro sin uasar, situado cerca del Gólgota, se agregó secundariamente el relato del hallazgo del sepulcro vacío. Obviamente, este relato se atiene a las circunstancias locales de modo no aleatorio
 
 
 
 

LA CONDENA DEL SANHEDRÍN Y EL JUICIO DE DIOS





No todos los estudiosos consideran históricos los relatos evangélicos del juicio de Jesús ante el sanedrín. Entre los que admiten en ellos un núcleo de historicidad, suelen identificar el delito juzgado por los jueces judíos con la pretensión mesiánica de Jesús. Por tanto, ña sesión consistió en discernir si Jesús era o no el Mesías verdadero  y condenarlo si los miembros del sanedrín no lo consideraban como tal.
Si tienen razón estos estudiosos nos encontramos ante el único caso en que la autoridad judía se vio obligada a discernir la identidad mesiánica de uno de los muchos pretendientes mesiánicos que tuvo la historia judía. Es más,  Jesús habría sido condenado por una pretensión que en otras ocasiones había sido motivo de glorificación y seguimiento de parte de la población judía. En efecto algunos judíos que las autoridades romanas ajusticiaban por sus pretensiones mesiánicas fueron considerados entre el pueblo como héroes, por jemplo, Judas Galileo y Simón barkosiba.
Con razón afirman Francisco Armarelli y Francisco Lucrezí que “sostener que Jesús haya sido procesado por el Sanhedrín en cuanto Mesias falso - como frecuentemente se ha hecho- es algo frecuentemente inverosímil. La autoproclamación mesiánica podía no ser creída o aceptada incluso ser objeto de escarnio y de burla pero nada indica que haya sido considerada en ninguna época, una forma de crimen.
En el mismo sentido, en su estudio Gerd theissen afirma: “como segundo punto de acusación aparece en Mc, 14, 61 la pretensión mesiánica de Jesús. Sin embargo, a parte de este pasaje, no hay ninguna referencia a la pretensión mesiánica como algo penalizado en el derecho judío o considerado como balsfemia contra Dios.
El pretendiente mesiánico Simón boa Kosiba, que dirigió la resistencia en la guerra judía 132 d. c fue reconocido por Mesías  por rabí Aquiba. Su pretensión no  era una blasfemia, pero sí algo políticamente explosivo.
El hecho de que el Sanhedrín haya condenado a Jesús por blasfemia implica necesariamente que el delito que juzgó no pudo ser la pretensión mesiánica. El falso mesianismo no implica ninguna blasfemia contra Dios. En realidad como reconoce el mismo Theissen, el verdadero motivo de la condena es la pretensión divina de Jesús: “ Si la mera pretensión mesiánica no era blasfemia, si lo era la pretensión de la dignidad divina. Según Juan 19, 7, Jesús es reo de muerte por su pretensión de ser Hijo de Dios.
En Marcos 14, 62 se puede ver una pretensión de este tipo cuando Jesús anuncia que estará sentado a la Derecha de dios”.
Los cuatro evangelios coinciden en afirmar que el tribunal supremo de Jerusalén juzgó y consideró reo de muerte a Jesús por atribuirse una dignidad divina. La atribución de que el tribunal supremo judío condenó a Jesús por blasfemo también se encuentra en los Hechos de los apóstoles, las cartas de Pablo y la epístola de Hebreos.
Pero el juicio del Sanhedrín no fue confirmado por el mismo Dios, según el testimonio de los apóstoles y seguidores de Jesús, pues ellos afirmaron haberle visto resucitado a los dos días de haberle sepultado en una tumba propiedad de José de Arimatea junto al Golgota. Es decir, aquel que había sido considerado por jueces religiosos de Israel como blasfemo, había sido glorificado por Dios Padre, exaltado a su derecha. Ciertamente el acontecimiento de la resurrección expresaba el juicio definitivo de Dios. Sólo así se puede encontrar una explicación razonable para el cambio brusco de los discípulos desconcertados en atrevidas proclamaciones de la mesianidad y divinidad del crucificado. Pasando del miedo a la valentía. En efecto, quien no admita este acontecimiento no podrá dar una razón congruente con el origen de la predicación cristiana.
Si los apóstoles siguieron creyendo en Jesús, si lo proclamaron Mesías y señor abandonando familia y patria, si incluso no dudaron en entregar su vida en el suplicio antes que negarlo es porque tuvieron una experiencia singular que resolvería el gran escándalo de la condena por el tribunal supremo judío y su posterior muerte a manos de los romanos. Y esto sólo pudo ser la resurrección de los muertos
 
Jesús demuestra su Divinidad por su declaración sobre sí mismo.
 
El que me ha visto a Mí, ha visto al Padre” Jn 14:9
Yo soy el camino la Verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por Mí” Jn 14:6
Jesús afirmaba que hablaba en el nombre de Dios, que venía en el nombre de Dios, que es Dios,..., y a pesar de todo muchos quieren pensar en Él como un gran maestro religioso.
        Pero lo que Jesús decía no tiene semejanza con ningún otro líder religioso.  Ni Moisés, ni Pablo, ni Buda, ni Mahoma, ni Confucio...
 
Sólo Cristo afirmó que es Dios. 
 Señalar aspectos de la divinidad de Jesús afirmada por el mismo:
 
Mar 14: 61-64  Y Jesús le dijo Yo soy, y veréis al Hijo del Hombre...”
 Y por este motivo le juzgaron y le mataron
Jn 10:33 “Por buena obra no te apedreamos, sino porque Tú siendo Hombre te haces Dios”
Jn 10:11  “Yo soy el Buen Pastor” “El Señor es mi Pastor” Salm 23
Jn 5:17,18 El concepto Mi Padre, no nuestro Padre era algo que reclamaba una relación particular con Dios, el Padre; Él es el Hijo de Dios...
Jn 14:1  No se turbe vuestro corazón,...,  creéis en Dios, creed también en Mí
Jn 14:9
Mt 5:20, 22, 26,28 diferencia con Así dice el Señor, y De cierto de cierto os digo...
Abba Padre, el término íntimo que nadie se atrevió jamás a relacionarse así con Dios, para los judíos ni siquiera mencionaban el nombre de Dios YHWH
Jn 8:58 “... antes que Abraham fuese Yo soy”  Este Yo soy tiene relación con Éxodo 3:14 “Yo soy el que soy”...
SI FUESE SOLAMENTE UN HOMBRE ¿PORQUE AFIRMARÍA QUE ES DIOS?
         
 Jesús demuestra su Divinidad por la declaración de otros.
Lo que dijeron otros:
Consideraron a Jesús como Dios.
Pablo; Filipenses 2:9-11; Tito 2:13
Juan el Bautista. Lc 3:22
Pedro Mat 16:15-17
Tomás Jn 20:28
Esteban Hech 7:59
Pilato “Ningún delito hallo en este hombre” Lc 23:4
Un soldado al pie de la cruz “Verdaderamente este hombre era justo” Lc 23:47
El ladrón “Este ningún mal hizo” Lc 23:41
 
 
 
 

domingo, 19 de marzo de 2017

Xabier Pikaza: Jesús educador


 
 
Editorial Khaf
Xabier Pikaza
Nació el 12 del VI de 1941 en Orozko, Euskadi.
– Ha cursado estudios en la Universidad Pontificia de Salamanca (Doctor en Teología), en la Universidad de Santo Tomas (doctor en Filosofía) y en Instituto Bíblico (Roma); ha ampliado estudios en las universidades de Hamburg y Bonn (Alemania).
– Ha sido religioso de la Orden de la Merced y presbítero de la Iglesia católica, siendo catedrático de la Universidad del Episcopado Español. Ha debido abandonar la enseñanza oficial y ha renunciado a la vida religiosa. Actualmente está casado con M. Isabel Pérez Chaves.
– Doctor en Teología por la Univ. Pontificia de Salamanca (1965), con una tesis sobre Dialéctica del Amor en Ricardo de San Víctor
– Doctor en Filosofía por la Univ. de Santo Tomás de Roma (1972), con una tesis sobre Exégesis y filosofía en R. Bultmann
– Licenciado y candidato a doctor en Sagrada Escritura por el Instituto Bíblico de Roma (1972)
Lo importante para nosotros no es lo que quiere la Iglesia, sino saber lo que quiere Jesús.
No por un interés personal, sino pensando en todos los hombres y mujeres para el que el mensaje de la Iglesia institucional se ha vuelto extraño. ¡Cuántas leyes impuras y duras, cuantas esperanzas y consuelos falsos turban todavía en nuestros días la palabra límpida de Jesús y dificultan la verdadera conversión de muchas personas!. Cuando las Sagradas Escrituras nos hablan del seguimiento de Cristo predican la liberación de los hombres y de las mujeres con respecto a todos los preceptos humanos, con respecto a todo lo que nos oprime y nos agobia y a todo lo que oprime y atormenta las conciencias. Todavía hoy en día es muy difícil caminar por el estrecho sendero de las decisiones eclesiásticas manteniéndonos en la inmensidad del amor de Jesús para con todos los hombres.

Si existiera un premio Nobel para la teología no me cabe duda de que Xabier Pikaza sería merecedor de él por sus magistrales obras.
En su libro Jesús educador Xabier habla de las tristezas personales que no se identifican con la depresión ni con la angustia, aunque son muy dolorosas,  que en general suelen venir de la soledad o de las rupturas familiares o sociales. Xabier  dice en su libro que los cristianos debemos ser hombres y mujeres capaces de consolar a los tristes, sabiendo que las cosas importantes no se resuelven con el dinero, sino con el gozo y seguridad de la presencia humana cariñosa y fuerte en un tiempo en que muchos médicos no nos saben ofrecer más remedios que un muestrario de productos químicos  o anti-depresivos, estimulantes que no curan, sino que se limitan a inhibir los síntomas de la soledad o el mal estar.
Xabier nos dice que el mayor problema de la humanidad de este siglo XXI es la epidemia de la tristeza y la falta de consuelo que nos envuelve y tiende a dominarnos, llevándonos no sólo a varios tipos de depresión, sino también a la violencia y la soledad, e incluso al suicidio. Siendo el suicidio el mayor riesgo de un tipo de sociedad que se llama avanzada, pero que corre el riesgo de detenerse y estallar.
Esto hace cuestionarme: ¿Qué es lo que tenemos para dar a los otros que están en problemas? ¿Qué ha hecho el Espíritu Santo en cada uno de nosotros para que podamos  traer sanidad a nuestros amigos y familiares heridos?
No es una cuestión de medios o de caridad. Las palabras amables de simpatía no son suficientes. Una bolsa de comestibles no es toda la respuesta. Todas estas cosas son buenas y escriturales, pero ninguna de ellas en sí mismas son capaces de sanar corazones.
“Para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios” (2 Corintios 1:4).
Xabier nos enseña que co-habitar, es ser unos en otros. Que no se trata de existir unos al lado de los otros, sino de “habitar con” compartiendo espacios y tiempos de vida (de oración, de comidas...) recordándonos la experiencia de Pablo tal como expresó en sus cartas (Colosenses y Efesios) donde se multiplican las palabras- con que muestran la vinculación de los creyentes, que han sido co-vivificados con Cristo (Ef 2,5), formando una Koinonía, fundada no solo en la participación de unos mismos dones y de tareas, sino en la comunión integral de unos con otros, construyendo una casa común para habitar una tierra de todos.

Xabier también nos habla en su libro sobre la oración de petición.

Jesús es el primero de todos los orantes que ha pedido la ayuda de su Padre. Sabe que “Dios le ha dado todo” (cf Mt 11, 25-27), pero al mismo tiempo todo lo pide como don, como regalo que recibe de su gracia. Siguiendo a Jesús, los cristianos también piden, de manera que Dios viene a revelarse para ellos como aquel que les escucha y les responde.


Los cristianos saben que la petición es infalible: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llama se le abre” (Mt 7, 7-8). Las peticiones llamadas y búsquedas del mundo acaban muchas veces en fracaso. Dios es diferente: la puerta de su corazón se mantiene siempre abierta, atentos a sus oídos, despierta su mirada. Dios nos oye por el Cristo, de manera que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dará” (Jn 16,23).

Toda petición tiende hacia el reino, como dice Jesucristo: “buscad primero el reino y su justicia, y todas las restantes cosas se os darán por añadidura” (Mt 6,33). ¿Qué cosas? El vestido, la comida, los bienes de la tierra. Son cosas importantes, pero nunca pueden ocupar el corazón del que suplica. Toda petición cristiana ha de encontrarse dirigida en primer lugar al reino. Así pedimos, con la misma oración del Padrenuestro: “Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino”. En el fondo pedimos que dios venga. Como amigo que suplica la llegada de su amigo; así pedimos, invocamos y llamamos a Dios hasta que venga