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domingo, 27 de marzo de 2011

Paulo de Tarso



“Yo soy judío, de Tarso en Cilicia, ciudadano de una ciudad ilustre circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo hijo de hebreos; en cuanto a la justicia que hay en la ley, tenido por irreprensible(Fil3:5-6).


Está es la ficha que de sí mismo hace Pablo. Como casi todos los judíos que vivían en el mundo griego, había añadido al propio nombre judío –Saulo o Saúl- otro nombre griego, que a ser posible, se le asemejara fonéticamente: Paulos, es decir, Pablo.
Tarso era una ciudad culta; pero es de suponer que sus padres, fariseos recién emigrados de Palestina, siguieran la estricta observancia judía, absteniéndose de enviar a su hijo a las escuelas griegas. Lo cierto es que, apenas cumplidos los catorce años, Pablo fue enviado a Jerusalén para cursar estudio rabínicos en la escuela más ilustre de la época. “A los pies de Gamaliel”
Algunos autores, dejándose llevar de una fantasía completamente infundada, han supuesto que Pablo, en su juventud llevó una vida licenciosa, y para ello aducen a la trágica descripción que en primera persona hace él mismo en el capitulo 7 de la “ Carta a los Romanos”. Sin embargo, parece que lo que Pablo quiere subrayar aquí no es su vivencia personal e individual, sino la trágica situación del propio “yo” humano envuelto en la desgracia colectiva de un empecatamiento estructural.
Por otra parte, tenemos en sus propias cartas afirmaciones sinceras y humildes acerca de la conducta irreprochable que el joven Israelita observó siempre en su buena fe. Fariseo desde joven observante de las tradiciones judaicas (Gál ¡:-14), irreprensible en su conducta (Fil, 3-16)



EL FARISEO DE DERECHAS


Hoy, gracias a los recientes descubrimiento de Qunran, estamos en mejores condiciones de encuadrar histórica e ideológicamente los acontecimientos que dieron origen a la aparición del cristianismo.
A través de la numerosa literatura religiosa encontrada a orillas del Mar Muerto conocemos el estado religioso de aquella época.
Las “derechas” la constituían los fariseos, conservadores de las viejas tradiciones de Israel, incluso de las más insignificantes minucias rituales. Eran integristas y se consideraban los exponentes auténticos e indiscutibles de las más puras esencias religiosas y nacionales. Para ello, el talante religioso se identificaba con la situación sociológica. Su sistema se podía calificar de “nacional-judaísmo”.
No obstante, a pesar de su cacareado nacionalismo, habían llegado a un statu quo en sus relaciones con el poder romano, rigiéndose por un equilibrado modus vivendi que les permitía cierta estabilidad y agilidad de movimientos.
Sin embargo, los fariseos constituían sólo una minoría, aunque numerosa, del pueblo israelita. Y esto es lo que ha venido a poner en claro el sensacional hallazgo de Qunran.
Al margen completamente de la fracción fariseo pululaba una multitud de sectas, una de las cuales era denominada “esenia” por Flavio Josefa y por Pilinio.
El núcleo central de este tipo de secta lo constituía un grupo de hombres célibes que se retiraban al desierto para dedicarse a la vida de oración y estudio de la ley. Eran auténticos monjes, cuyas regalas y modos de vida influyeron, sin duda, en la misma organización del monacato cristiano, que nació precisamente en aquellos mismos desiertos palestinenses y egipcios. Alrededor de los monasterios y espiritualmente conectados con ellos había númerosos clientes, que bien pudieran compararse a las “órdenes terceras” de nuestras grandes órdenes mendicantes o a los “socios supernumerarios” de congregaciones e institutos religiosos. No siempre vivían allí; iban y venían, realizando una especie de ejercicios espirituales, de los que vivían el resto del año.
Por los descubrimientos de Qunran sabemos que allí existió un gran monasterio, quizá el más importante de todos, y del que encontramos una especie de sucursal en Damasco, constituida por algunos monjes huidos de Qunran en época de persecución.
La espiritualidad “qunránica” era distinta de la fariseo. Sin ser abiertamente cismáticos, se apartaban del legalismo ritual y estrecho del culto del templo de Jerusalén, sobre el cual se encuentran finas y veladas críticas en sus reglas y libros ascéticos. Frente al orgullo fariseo profesaban una humildad desconfiada de absoluta dependencia del Creador. Finalmente, eran de tendencia universalista y abierta hacia los demás pueblos israelitas.
Saulo militaba abiertamente en el ala extrema del fariseísmo más estrecho y ortodoxo, y en el círculo intelectual jerosolimitano habría asistido más de una vez a las ásperas críticas que de aquellos populares innovadores, peligrosos para la ortodoxia, se desarrollaban frecuentemente.
Cuando años más tarde Saulo vuelve a Jerusalén y se enfrenta con el problema de la naciente comunidad judeo cristiana, su indignación llega al paroxismo. Precisamente los cristianos procedentes del movimiento “qunránico” que de alguna manera coincidían con los denominados “helenistas” por Lucas, eran los que directamente se convirtieron en blanco de su ira.
El jefe de ellos era el joven levita Esteban. El discurso del protomártir, que nos refire Lucas, abunda en las ideas centrales del “qunranismo”, sublimadas y superadas en una esplendida y originalísima versión cristiana.
Decididamente Esteban era un elemento demasiado peligroso, y en las reuniones conciliares de las “derechas” fariseos se llegó a tomar la decisión de que la misma supervivencia de Israel estaba gravemente amenazada, y que, por consiguiente, había que proceder a suprimir por la violencia a quien así minaba su misma existencia. En definitiva, Esteban fue apedreado; única pena que las autoridades nacionalistas podían influir cuando se trataba de un caso abierto de “blasfemia”
Durante la marcada ejecución los apedreadores, para estar más libres, pusieron sus vestidos “ a los pies de un llamado Saulo” El mismo Pablo oraba más tarde así:

“ Señor, cuando se derrama la sangre de Esteban, tu testigo, yo estaba allí responsabilizándome con los que mataban; yo guardaba los vestidos de estos”
Saulo se convirtió en la pieza clave de la primera persecución de la iglesia naciente, “ a la que asolaba, entrando de casa en casa, arrancando de ellas violentamente a hombres y mujeres y enviándolos a la prisión”. Esto naturalmente produjo una fuga de los cristianos, sobre todo de los del “ala izquierda”, que se refugiaron en Damasco, donde habría lógicamente cristianos de tipo “qunranico”. Saulo lucha inteligentemente, y a Damasco dirigió sus tiros: había que impedir decididamente que rebrotara aquella semilla envenenada. El resto de los judeocristianos no fue molestado y pudo permanecer en Jerusalén.


Camino de Damasco


Lo que pasó en el camino de Jerusalén a Damasco lo cuenta el mismo Pablo sencillamente así


“Yo había recibido del sumo sacerdote y del Consejo de los Ancianos cartas para los hermanos de Damasco y me dirigí allá con el propósito de encadenar a los de allí y traérmelos a Jerusalén para castigarlos. Iba yo caminando cerca de Damasco, cuando de repente, a eso del mediodía, una gran luz bajada del cielo me envolvió con su resplandor. Yo caí derribado al suelo y oí una voz que me decía en lengua hebrea:”Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?” Yo respondí: ¿quién eres tú, señor? El entonces me dijo: Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues... Yo contesté: ¿qué debo hacer, Señor? Y el Señor me dijo: Levántate y vete a Damasco. Allí se te dirá lo que se te ordena hacer.


Saúlo obedeció. Era muy duro lo que se le exigía. De convertirse al cristianismo, hubiera preferido ser recibido por el “ala derecha” de la “secta”, o sea por aquellos que habían quedado en Jerusalén y habían sido tolerados por el tribunal fariseo de depuración, del que él formaba parte principal. Pero ahora se le ordenaba recibir el ingreso de la “secta” en aquel ambiente de Damasco, plenamente solidario de los “helenistas”, que había capitaneado el odiado Esteban. A esta dura renuncia se refiere, sin duda, cuando después de haber hecho aquella ficha propia, añade lleno de nostalgia pegajosa: “Pero todas estas cosas, que eran para mí ganancias, las he estimado como pérdidas a causa de Cristo (Fil 3,7)
Esta transformación dolorosa de su postura mental constituye indudablemente la infraestructura psíquica de aquella actitud combativa, a veces violenta, que tuvo que adoptar, en el seno de la comunidad cristiana, contra sus antiguos correligionarios fariseos que intentaban mantener, dentro del cristianismo, una posición integrista que ahogaba la novedad expansiva del evangelio.



EL NOVICIADO DEL APOSTOL


Al principio, Pablo empezo a estrenar su vocación apostólica predicando a Jesús en las mismas sinagogas de Damasco. Pero poco después se retiró al desierto para prepararse alí en la oración, y quién sabe si se unió a algún grupo monastico judeocristiano, procedente de la “Secta de la Alianza”, íntimamente emparentada con el movimiento”qunránico”.
De aquellos primeros años nos narra Lucas algunos hechos cruciales del novel apóstol. Al cabo de tres años de su conversión, subió a Jerusalén para “rendir visita” al jefe de la iglesia, a Pedro (Gál 1,8).
De allí volvió a su ciudad natal de Tarso, de donde tuvo que salir finalmente para defenderse de una conjura tramada por los judíos contra él.
DE Tarso se dirigió Pablo a Antioquia, cuya comunidad florecía debido en parte a la propia persecución del ex fariseo. En efecto, a consecuencia de la ventolera anticristiana, provocada por Saúlo en Jerusalén, muchos cristianos “helenistas” se habían dispersado por Fenicia, Chipre y Antioquia. Estos empezaron a predicar la fe. Posteriormente los apóstoles de Jerusalén enviaron como delegado oficial a Bernabé, y éste, siguiendo una inspiración del Espíritu, asoció a Pablo a su tarea apostólica. En todo un año Pablo recogió una mies tan abundante, que el hecho trascendió al gran público, y éste empezó a llamar a los fieles con el nombre de “Cristianos”, como eran llamados “pompeyanos” o “cesarianos” los partidarios de alguno de los dos rivales del imperio.
La carrera apostólica de Pablo había llegado a su pinto culminante y en él se iban a realizar los proyectos de Dios manifestados desde el primer momento de su conversión:” Este hombre me va a servir de precioso instrumento para llevar mi nombre ante los paganos, los reyes y los hijos de Israel”
Y un día, en la asamblea litúrgica de Antioquia. El Espíritu habló por medio de la misma comunidad orante: “Ponedme aparte a Bernabé y a Saúlo para la tarea a la que los he llamado”

De importancia fundamental para el cambio de paradigmas que comenzaba a despuntar fue la teología y la misión de Pablo, con mucho el de mayor éxito entre los apóstoles.
En virtud de su incansable actividad, tanto teológico-intelectual como político- eclesial y misionera, Pablo, el apóstol de los gentiles, introduce dentro de la joven cristiandad el primer cambio: el paso del judeocristianismo (que habla en parte arameo y en parte griego) a un cristianismo de gentiles que habla de forma exclusiva el griego (o con posterioridad el latin). El conocido conflicto de Pablo con Pedro de Antioquia tenía ese transfondo.
Mediante Pablo, la misión cristiana a los gentiles obtuvo, en contraposición a la judeo- helenista, un éxito sensacional en todo el imperio.
Mediante él, por último lo que era una pequeña “secta” judía devino en una religión universal por medio de la cual, como ocurriera anteriormente con Alejandro Magno, Oriente y Occidente se conectaron estrechamente.
Sin Pablo no hay cultura cristiano-helenistica, no hay giro constantiniano. Pero sigue siendo cierto, al mismo tiempo, que no por ello se convierte Pablo en el autentico fundador del cristianismo. No, Jesucristo, el crucificado y resucitado, es, según el Nuevo Testamento y según el mismo Pablo, la figura fundante; su mensaje es el fundamento del cristianismo. Pero, sin duda, Pabloes responsable de que, a pesar de su monoteísmo universalista, no fuera el judaísmo, que practicaba también entonces y también en Antioquia una intensa labor misionera entre los gentiles, sino el cristianismo el que llegara a ser una religión universal de la humanidad.
Pablo se convierta con ello no en el fundador del cristianismo, pero sí en el primer teólogo cristiano que explicito y practicó en sintonía teológica lo que Jesús hizo de hecho y dijo sólo de forma implicita. En ese cometido fueron útiles a Pablo como ciudadano romano de Tarso, no sólo su formación y exégesis rábinica, sino también terminos y conceptos de su entorno helenista. Éste se encontraba, sin duda, entonces no puramente en una fase de inseguridad y crisis desgarradora, como la investigación histórica supuso durante largo tiempo, sino que vivía en muchos aspectos una época de florecimiento: era un abigarrado mundo de cultos, sectas, religiones.
La teología de Pablo permanece en continuidad con la predicación de Jesús.


Una nueva comprensión de la Biblia:

Ya los judeocristianos habían comenzado a leer en retrospectiva la Biblia hebrea, para interpretarla con la mirada puesta en el Mesías Jesús. Títulos honoríficos de descendencia judía como “Mesias”, “Señor”, “Hijo de David”, “hijo del Hombre”, también “hijo de Dios” (en los escritos hebreos aplicado sólo de forma esporádica al rey de Israel y a la totalidad del pueblo) fueron transferidos a él para expresar así su significado para Dios y para los hombres.
Como puede comprenderse, los cristiano-gentiles leían el Antiguo Testamento en su propio contexto, de cuño helenista. Como su contemporáneo de más edad, Filón de Alejandría, también judío helenista de la diáspora, ya Pablo había interpretado de forma alegórica, simbólica la Biblia hebrea y asignado al espíritu la primacía sobre la letra. De bien poco podían servir los cristiano-gentiles conceptos y títulos honoríficos judíos tales como “Hijo de David” “Hijo del Hombre”. Por contra, ellos se concentran en un título habitual entre ellos como era el de “hijo de Dios” (utilizado para emperadores y otros héroes) que, en la época posterior al Nuevo Testamento, y bajo la influencia de la ontología greco-helenistica, fue entendido cada vez más en sentido natural.

Una nueva comprensión del pueblo de Dios:

Ya los judeocristianos, si bien se sentían pertenecientes al pueblo de Israel por naturaleza y en virtud de la circuncisión, tenían, sobre todo en la medida en la que hablaban griego, una relación distante con el templo y la ley.
Pero los cristiano-gentiles, que no pertenecían por principio al pueblo elegido, captaron como decisiva para la pertenencia no ya la procedencia , sino la fe en Jesucristo tal como ella se sellaba en el rito de iniciación, en el bautismo en el nombre de Jesús.
Como se sabe, Pablo era no sólo un teólogo sutil, sino un organizador de una eficacia nada común; no sólo un teórico, sino también un político, de la iglesia, fundador y dirigente de iglesias. Y, como se sabe, los cristianos ya entonces no llevaban una existencia puramente individual, sino integrada en comunidades que requerían una estructura o constitución concreta. También aquí –en la cuestión de la constitución de la iglesia –es reconocible (iniciado igualmente por Pablo) un cambio de mesoparadigmas


Una nueva comprensión de la ley:


Ya los judeocristianos(en especial los helenistas) Habían comenzado a tomar menos en serio, en sintonía con la actitud de Jesús respecto del sábado, los preceptos rituales y ceremoniales que los éticos, dentro de lo que asignaban un valor especialísimo al amor activo.
Pero los cristiano-gentiles ya no se sentían ligados en modo alguno a la ley ceremonial judía: ni la circuncisión ejercía coacción alguna sobre ellos.


Iglesia carismática en Pablo.



Pablo, de cuyas comunidades estamos mejor informados que de otras, entiende todas estas funciones en la comunidad (y no sólo determinados ministerios) como dones del espíritu de Dios y del Cristo exaltado. Quien ejerce tales funciones tiene derecho a sentirse como llamado por dios a un determinado servicio en la comunidad. Tal don se llama en Pablo, en lengua griega charisma.
El exegeta protestante Ernst kasemann ha elaborado con precisión la dimensión carismática de la Iglesia en Pablo: carismas, dones del espíritu,son, según Pablo, no sólo las manifestaciones extraordinarias, muy apreciadas en las actuales comunidades carismáticas (tales como don de lenguas, sanación de enfermos), sino también servicios totalmente cotidianos, diríamos “privados”, como el don de consolar, de exhortar, de ciencia, de hablar con sabiduría, de discernimiento de espíritus. Éstos no se circunscriben a un determinado circulo de personas. En Pablo no se puede hablar de clericalismo ni de entusiasmo. Al contrario. todo servicio que de hecho (de forma permanente o no, de manera privada o pública) es dirigido a la edificación de la comunidad es, según Pablo, carisma, es servicio eclesial ; como servicio concreto, merece reconocimiento y subordinación. A todo servicio, oficial o no, le corresponde, pues, a su manera una autoridad cuando es realizado en el amor para utilidad de la comunidad.
Pero ¿cómo se conseguía en las comunidades paulinas conservar la unidad y el orden, puestos en peligro con bastante frecuencia mediante grupos rivales, comportamiento caótico, prácticas de dudosa moralidad? La correspondencia paulina con sus comunidades es inequívoca: Pablo quería establecer la unidad y el orden no precisamente allanando las diversidades, mediante una uniformación, jerarquización, centralización. Más bien, veía garantizados la unidad y el orden mediante la utilización del único espíritu, que no regala a todos todos los carismas, sino a cada uno el suyo; un carisma que debe usar no para fines egoístas, sino para utilidad de los otros y ejercer en sometimiento al único Señor. Quien no confiesa a Jesús y no utiliza sus dones para el provecho de la comunidad –concretamente así se pueden discernir los espíritus- no tiene el espíritu de Dios.
Comportamiento solidario, consenso colegial, tener voz societaria, comunicación y diálogo son en la vida de la comunidad signo del espíritu de Dios, que se identifica con el espíritu de Jesucristo.

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